“Sevilla es una manera de estar en el mundo”
Con estas mismas palabras comenzaba mi primera carta como director de Escaparate en septiembre de 2006. Veinte años después, cuando miro hacia atrás y trato de encontrar una palabra que explique todo lo vivido, vuelvo inevitablemente al mismo lugar. A la ilusión. Porque quizás la vida sea eso: conservar intacta alguna de las razones que un día nos hicieron empezar.
Han pasado veinte años. Dos décadas sacando cada mes una revista. Desde aquel primer número de septiembre de 2006 y hasta marzo de 2020, Escaparate acudió puntualmente a su cita mensual, sin faltar un solo mes en edición impresa. Desde entonces, la revista mantiene su periodicidad mensual en formato digital y vuelve puntualmente al papel con ediciones especiales, como haremos el próximo octubre con nuestro Especial XX Premios Escaparate.
Hemos atravesado etapas de incontestable éxito y también momentos de dudas. Hubo días, especialmente al principio, en plena crisis financiera o en medio de una pandemia que nos zamarreó, en los que pensé en tirar la toalla. Pero nunca lo hice. Y hoy sé por qué. Porque amaba lo que hacía. Hagas lo que hagas, ámalo.
Ese podría ser el resumen de estos veinte años. Porque cuando uno ama aquello a lo que entrega su tiempo, las dificultades pesan menos, los sacrificios encuentran sentido y hasta los errores terminan formando parte del camino. Nosotros creíamos en lo que hacíamos. Y seguimos creyendo.
Escaparate es hoy, 20 años después, una realidad con identidad propia. Y lograr una identidad es posiblemente una de las conquistas más difíciles para cualquier proyecto. Que alguien vea una imagen, conozca un personaje, asista a un acto o lea una historia y diga «esto es muy Escaparate» constituye para mí uno de los mayores premios de estas dos décadas.
Pero esa identidad no la he construido yo solo. La han construido todas las personas que alguna vez formaron parte de esta familia. Periodistas, fotógrafos, diseñadores, colaboradores, relaciones públicas, comerciales, amigos. También quienes estuvieron un tiempo y siguieron su camino. Todos dejaron algo. Porque Escaparate es la suma de muchas vidas, muchas miradas y muchísimas horas de trabajo.
Y siempre Sevilla. Sevilla como escenario, como argumento y como razón.
Hemos sido tan clásicos que, a veces, hemos provocado. Tan fieles a determinadas formas que hemos terminado siendo transgresores sin pretenderlo. O sí. Porque en este mundo posmoderno, donde todo parece condenado a durar apenas unos segundos, defender lo de siempre puede ser la mayor de las vanguardias.
Nunca quisimos parecernos a nadie. Hemos contado Sevilla desde nuestra particular manera de entenderla. Con sus personajes, sus familias, sus artistas, sus empresarios, sus instituciones, sus tradiciones y sus nuevas generaciones. Miles de nombres han pasado por estas páginas y, entre todos, han ido poniendo los mimbres de un relato que ya forma parte de nuestra memoria colectiva. Porque Sevilla es mucho más que una ciudad. Sevilla es una manera de estar en el mundo. Una filosofía de vida. Un sentimiento de pertenencia que atraviesa generaciones.
Los sevillanos somos, de alguna forma, una prolongación de aquellos sevillanos que caminaron antes que nosotros por estas mismas calles y somos también una pequeña parte de quienes las caminarán mañana. Hay algo de eternidad en Sevilla.
Yo soy sevillano. Como sevillanos son mi padre y mi madre, que, cada uno a su manera, me impregnaron desde niño de esa alegría que significa serlo. Porque ser sevillano también es una forma de mirar la vida. Los sevillanos somos hombres y mujeres de luz, de alegría, de encuentro y de vida. Llevamos dentro una ciudad que nos enseña, casi sin darnos cuenta, a buscar la belleza y a convertirla en una manera de vivir. Quizá por eso nunca he sabido separar del todo mi vida, mi oficio y Escaparate de Sevilla. Todo nace, de alguna manera, del mismo sitio.
Cambian los nombres, cambian los rostros, pasan las generaciones, pero permanece una forma de mirar la ciudad y musa, de atravesar una plazuela, de emocionarse hasta con el sonido armónico de los cascos de los caballos o de reconocer una luz del día.
Ayer, hoy y mañana terminan fundiéndose en ese amor platónico, casi inexplicable, que mantenemos con la ciudad que nos parió. Nosotros pasamos. Sevilla permanece, como una diosa pagana. Y quizá por eso amarla sea también nuestra humilde manera de permanecer en ella.
Los Premios Escaparate nacieron de esa pasión. Y en estos veinte años cinco alcaldes, de diferentes personalidades, carismas y signos, entendieron que Escaparate y sus premios podían ser buenos para Sevilla. Nos respetaron, creyeron en nosotros y nos apoyaron. A todos ellos, mi gratitud.
Como la siento hacia las firmas y empresas que han hecho posible este camino. Desde el pequeño comercio hasta las grandes compañías, desde las marcas de lujo hasta nuestros patrocinadores históricos, detrás de los que hay personas con una historia y un vínculo que llegó a componerse. Todos arrimaron el hombro, generaron sinergias y ayudaron a sostener nuestro discurso. Sin ellos tampoco estaríamos aquí.
Ahora llega una nueva edición de nuestra gala. Y, una vez más, Sevilla será la gran protagonista.
El futuro, siempre incierto, nos invita a preguntarnos hacia dónde debemos avanzar en un mundo que se transforma a una velocidad vertiginosa. No tenemos todas las respuestas. Pero sí conservamos una certeza: en lo esencial, seguiremos siendo los mismos. La misma idea. La misma forma de mirar. La misma pasión de aquel septiembre de 2006.
Porque ayer, como hoy, nos mueve el amor. El amor al periodismo. El amor a las relaciones públicas. El amor a las personas y a la vida. Y, por encima de todo, el amor a Sevilla. Un amor aprendido de nuestros padres, compartido con quienes han formado parte de Escaparate y expresado, de algún modo, en cada página, en cada historia y en cada encuentro que hemos ofrecido a la ciudad.
Veinte años después, vuelvo a escribir: “ilusión, mucha ilusión”, que es como empezaba mi primera carta, en este mismo lugar.
Pero hoy esa ilusión ya no es únicamente la de quien comienza. Es también la de quien ha recorrido un camino y, al volver la mirada, comprende que nunca lo hizo solo. Vive en cada lector que esperó un nuevo número, en cada persona que depositó su confianza en nosotros, en cada colaborador que aportó su talento, en cada firma que nos acompañó y en cada amigo que permaneció a nuestro lado cuando las circunstancias no fueron fáciles.
Por eso, al llegar al final de esta carta, no quiero hacer balance. Quiero reconocer una deuda. Una deuda de afecto, confianza y gratitud con todos aquellos que, durante estas dos décadas, hicieron posible que Escaparate siguiera siendo Escaparate.
A quienes nos leyeron.
A quienes nos acompañaron.
A quienes nos señalaron el camino y nos ayudaron a mejorar.
A quienes creyeron.
A quienes estuvieron.
A quienes siguen estando.
A todos vosotros, una sola palabra:
Gracias.
Gracias por estos veinte años.
Gracias por cada página.
Gracias por cada historia.
Gracias por permitirnos contar Sevilla y por enseñarnos, cada día, que contarla era también una forma de quererla.
Y quizá no sea casualidad que gracias tenga siete letras. Las mismas siete letras que Sevilla.
Porque, después de todo, cuando digo gracias, digo también Sevilla. Y cuando digo Sevilla, digo gracias.
Gracias, Sevilla.


















