9 Sep, 2026 | entrevista a

Relaciones Públicas y Experto en Protocolo: “La palabra evento me da coraje”

Carlos Telmo fue uno de los grandes referentes de las relaciones públicas y el protocolo en Sevilla. Rondeño de nacimiento y sevillano por elección, supo comprender como pocos los códigos sociales de una ciudad que terminó haciéndolo suyo. Su trayectoria estuvo ligada a algunos de los grandes acontecimientos de las últimas décadas: fue director de Relaciones Externas y Servicios VIP de la Expo 92, estuvo estrechamente vinculado a la Casa de Alba y años después dirigió el Protocolo del Pabellón de España en la Expo de Shanghái 2010. Su personalidad, elegancia y extraordinaria capacidad para relacionar personas lo convirtieron en un auténtico maestro del oficio.

Más allá de su brillante carrera, Carlos dejó como legado una manera de entender las relaciones públicas basada en la confianza, la discreción y la lealtad. Divertido, arrollador, libre y siempre cercano, fue consejero y referente para quienes llegaron después. Sevilla pierde con él a uno de esos personajes que contribuyeron a hacerla más cosmopolita y a contar su historia desde dentro. Permanecen sus enseñanzas, las historias compartidas y el recuerdo de quienes tuvieron la suerte de conocerlo. Con Carlos Telmo no desaparece únicamente un maestro de las relaciones públicas: se marcha también una época.

Hay personas que ejercen una profesión y otras que terminan convirtiéndose en parte de la historia de esa profesión. Carlos Telmo pertenecía a las segundas. Con su muerte se marcha uno de los grandes pioneros de las relaciones públicas en Sevilla y, de alguna manera, se cierra también una época. 

Carlos llegó desde Ronda de la mano de las hermanas Ordóñez y tuvo la inteligencia, la personalidad y la sensibilidad necesarias para comprender una ciudad que no siempre resulta fácil de descifrar. Aprendió sus códigos, conoció a su sociedad y terminó haciéndose un hueco principal en ella. Sevilla lo adoptó como propio y él hizo de Sevilla su ciudad. Aquí encontró respeto, consideración y afecto; aquí vivió algunos de los mejores años de su vida y aquí nos ha dejado. 

Su participación como relaciones públicas en la Expo del 92 marcó un punto de inflexión en su trayectoria. Después vendrían su estrecha relación con la Casa de Alba, innumerables proyectos y, ya en la madurez, la Expo de Shanghái. Su nombre trascendió Sevilla y fue conocido en toda España, pero fue en esta ciudad donde Carlos se convirtió en un icono y en un verdadero maestro del oficio. 

Yo nunca trabajé con él y, sin embargo, me considero en cierto modo uno de sus pupilos. Porque también se aprende observando, escuchando y recibiendo consejos de quienes llegaron antes. 

Carlos estuvo cerca de mí desde el principio de mi trayectoria profesional y desde los orígenes de Escaparate. Cuando siendo muy joven empecé a despuntar también en las relaciones públicas, aquello no terminaba de convencerle. Me repetía entre bromas: «Zapatero, a tus zapatos». Quizás porque conocía demasiado bien una profesión apasionante, pero también exigente, ingrata en ocasiones y construida sobre algo tan frágil como la confianza.

Después, el tiempo hizo lo suyo. Carlos terminó participando en cuantos actos lo convocaba y siempre encontré en él afecto y cercanía. Con los años comenzó a venir a mi casa y cruzó esa frontera invisible que separa a los conocidos de las personas queridas. Entró en esa intimidad que uno reserva para quienes forman parte de los círculos más cercanos.

De Carlos aprendí también una de las grandes lecciones de este oficio: la discreción. Y tiene su gracia decirlo porque ni él ni yo hemos sido precisamente discretos en nuestra manera de estar en el mundo. Pero sí lo hemos sido en lo verdaderamente importante: en la capacidad de guardar una confidencia, custodiar una intimidad y respetar los secretos que alguien deposita en nosotros. Porque un relaciones públicas acaba convirtiéndose muchas veces en una especie de confesor. Conoce vidas, preocupaciones, proyectos, alegrías y decepciones que nunca le pertenecen y que, precisamente por eso, jamás debe contar. Carlos sabía guardar. Y yo aprendí de él que hay secretos que forman parte del oficio y de la lealtad hacia quienes confían en nosotros; secretos que se escuchan, se guardan y que se irán con nosotros a la tumba.

Era elegante en las formas, divertido en el trato y sensato en sus razonamientos. Tenía una personalidad arrolladora y un espíritu profundamente libre. Quizás esa libertad explique también algunos de los altibajos de su agencia y de su propia trayectoria. Pero hasta eso formaba parte de Carlos. Nunca fue un personaje plano ni previsible. Tenía vida, carácter y una manera absolutamente personal de estar en el mundo.

Para quienes hemos dedicado una parte importante de nuestra vida profesional a las relaciones públicas, Carlos Telmo fue un referente. Yo tuve el privilegio de tenerlo cerca, de escuchar sus consejos y de aprender de él sin haber compartido nunca una mesa de trabajo. Hay maestros que enseñan sin necesidad de dar lecciones. Él fue uno de ellos.

Sevilla pierde a uno de esos personajes que ayudaron a contarla, relacionarla y hacerla más cosmopolita. Y quienes tuvimos la suerte de quererlo perdemos además al amigo, al hombre divertido, al consejero y al invitado que terminó formando parte de casa.

Le echaremos mucho de menos. Pero las personas verdaderamente importantes poseen una extraña forma de vencer a la muerte: permanecen en aquello que enseñaron, en las historias que protagonizaron y, sobre todo, en el corazón y la memoria de quienes las quisieron.

Con Telmo no se marcha solamente un maestro de las relaciones públicas. Muere también una época.


TEXTO: MARIO NIEBLA DEL TORO

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