Sacerdote y escritor: “Quizá la fe empiece exactamente ahí: cuando dejamos de pedirle a Dios un mapa y nos atrevemos a darle la mano”
Sacerdote, formado en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales y ahora autor de Dios sabe más, su recorrido vital está marcado por una idea que atraviesa también las páginas de su nuevo libro: aprender a confiar incluso cuando no se entiende del todo el camino. A través de 300 oraciones inspiradas en situaciones cotidianas, propone una forma cercana y sencilla de hablar con Dios desde la vida tal y como es.
En esta entrevista, Ignacio del Rey habla de vocación, de espera, de los jóvenes y de la Iglesia, pero también de Sevilla y de una religiosidad popular que forma parte de su propia trayectoria. Una conversación sobre la fe y sobre esas preguntas para las que, a veces, no encontramos respuesta inmediata.

Usted ha recorrido un camino vital que une la formación en Ciencias Políticas, la vocación sacerdotal y ahora la escritura. ¿En qué momento sintió que su vida le estaba llevando hacia un lugar distinto del que quizá había imaginado al principio?
Creo que Dios tiene una curiosa costumbre: no suele enseñarnos el mapa entero. Nos da luz para dos o tres pasos y, cuando los damos, enciende un poco más el camino. Y así. Yo imaginé mi vida de una manera y Dios fue ensanchándola por lugares que no estaban en mis planes. Y menos mal.
Con el tiempo he comprendido que la vocación no fue una ruptura con lo anterior, sino una manera nueva de entenderlo todo. Nada se perdió por el camino: ni lo estudiado, ni lo soñado, ni siquiera algunos planes que no salieron. Dios tiene esa capacidad maravillosa de no tirar nada de nuestra historia. Hasta nuestros rodeos pueden terminar llevándonos a casa.
El título de su libro, Dios sabe más, encierra una idea de confianza, pero también de humildad ante aquello que no podemos controlar. ¿Qué significa para usted esa frase y por qué sintió que debía dar nombre a esta obra?
Dios sabe más es casi una pequeña rendición. Pero una rendición preciosa: dejar de exigir explicaciones para empezar a confiar.
Hay momentos en los que uno no entiende por qué sucede algo, por qué una puerta se cierra, por qué alguien se marcha, por qué una oración parece no ser escuchada. Y entonces quedan dos posibilidades: desesperarnos buscando una respuesta que seguramente no llegue o poner nuestra pregunta en las manos de Alguien que ve más lejos.
“Dios sabe más” no significa “da igual”. Significa: yo no lo entiendo, pero sigo confiando. Y quizá la fe empiece exactamente ahí: cuando dejamos de pedirle a Dios un mapa y nos atrevemos a darle la mano.

“La religiosidad popular hace visible lo invisible. Le pone flores al agradecimiento, música a la nostalgia, lágrimas a la fe y calles a la oración”
Ha reunido 300 oraciones inspiradas en situaciones muy diversas de la vida cotidiana. ¿Qué le ha enseñado a usted este ejercicio de descubrir lo espiritual en momentos aparentemente sencillos o incluso inesperados?
Que probablemente Dios está mucho más cerca de lo que pensamos y nosotros, bastante más distraídos de lo que creemos.
Buscamos a Dios en lo extraordinario, pero Él tiene una sorprendente predilección por esconderse en lo pequeño: una conversación, un miedo, una comida compartida, una llamada que esperábamos, el cansancio al final del día, una carcajada, una lágrima que nadie ve…
Escribir estas oraciones me ha confirmado algo: no hay que escapar de la vida para encontrarse con Dios. Hay que entrar más profundamente en ella. Porque, cuando se mira bien, hasta lo aparentemente insignificante puede tener una rendija por la que se cuela el Cielo. Y no hemos de tener otra aspiración en la vida.
Vivimos en una sociedad marcada por la velocidad, la inmediatez y la necesidad de tener respuestas para todo. ¿Cree que hemos olvidado aprender a esperar, a escuchar y a confiar?
Muchísimo. Tenemos relojes cada vez más precisos y cada vez sabemos esperar menos. Queremos respuestas inmediatas, resultados inmediatos, soluciones inmediatas… Hasta de Dios esperamos, a veces, que funcione como un buscador de internet.
Pero casi todo lo verdaderamente importante necesita tiempo: una amistad, una vocación, el perdón, una herida que cicatriza, una semilla, el propio amor.
Quizá necesitamos recuperar una espiritualidad de la paciencia. Entender que el silencio no siempre significa ausencia, que esperar no es perder el tiempo y que hay cosas que Dios no está retrasando: simplemente las está madurando. A veces pedimos frutos mientras Él todavía está trabajando en las raíces.


Usted habla de un “devocionario para rezar con la vida”. ¿Cómo se puede convertir una preocupación, una alegría, una pérdida o incluso un día cualquiera en una oportunidad para la oración?
De una manera mucho más sencilla de lo que pensamos: contándoselo a Dios.
A veces hemos complicado demasiado la oración. Pensamos que rezar exige encontrar palabras solemnes, sentir determinadas cosas o estar en determinadas condiciones. Y rezar puede comenzar simplemente diciendo: “Señor, hoy estoy cansado”, “mira lo feliz que estoy”, “esto me preocupa”, “no sé qué hacer”, “gracias”, “ayúdame”.
La oración comienza cuando dejamos de vivir las cosas solos. No cambia necesariamente lo que nos ocurre; cambia con Quién lo vivimos. Y esa pequeña diferencia puede cambiarlo todo.
A lo largo de su ministerio pastoral habrá conocido muchas historias personales. ¿Hasta qué punto esas conversaciones y experiencias con las personas han influido en su manera de entender la fe y también en la escritura del libro?
Muchísimo. Un sacerdote tiene el privilegio inmenso de acercarse muchas veces a la vida cuando la vida se ha quitado el maquillaje. He escuchado alegrías inmensas y dolores que apenas cabían en palabras; personas enamoradas, personas rotas, familias que comenzaban, otras despidiéndose, gente enfadada con Dios y gente agarrada a Él como a su último hilo.
Y todo eso evangeliza también al sacerdote.


Muchas veces creemos que el sacerdote lleva a Dios a las personas. Con el tiempo, uno descubre que, innumerables veces, son las personas las que le enseñan al sacerdote dónde estaba Dios. Este libro tiene mucho de eso: de nombres que no aparecen escritos, pero que están escondidos entre sus páginas.
Su formación inicial estuvo vinculada al mundo de las Ciencias Políticas y las Relaciones Internacionales. ¿Qué permanece hoy de aquella mirada sobre la sociedad y cómo dialoga con su vocación sacerdotal?
Permanece muchísimo. Porque el Evangelio no nos saca del mundo: nos mete en él de otra manera.
Las Ciencias Políticas me enseñaron a mirar estructuras, instituciones, conflictos, sociedades. El sacerdocio me ha enseñado a mirar, dentro de todo eso, rostros. Y cuando detrás de las estadísticas aparecen personas, cambia completamente la perspectiva.
Nuestra fe no puede convertirse en una espiritualidad encerrada en una sacristía. Jesús habló de pobres, de poder, de injusticia, de dinero, de extranjeros, de enfermos, de excluidos. La fe tiene los ojos puestos en el cielo, sí, pero precisamente por eso no puede dejar de tener los pies manchados con el polvo de la tierra.

“A veces pedimos frutos mientras Él todavía está trabajando en las raíces”

Sevilla y sus hermandades forman también parte importante de su trayectoria. ¿Qué ha encontrado en la religiosidad popular sevillana que quizá no pueda explicarse únicamente desde la fe, sino también desde la cultura, la memoria y la identidad?
Hay cosas en Sevilla que, antes de entenderse, se reciben.
Una hermandad no es solamente un Titular, aunque ahí esté el centro; es todo lo que rodea, que de algún modo nos lleva a la Imagen, aunque en ocasiones nos despiste en exceso. Es lo que brota de la tradición, de lo sensorial, de lo familiar, de lo cultural. Es también la mano de un abuelo llevando a su nieto, una marcha que devuelve de golpe a alguien a su infancia, una túnica heredada, una vela encendida por quien ya no está, una familia entera mirando hacia el mismo rostro.
La religiosidad popular tiene algo fascinante: hace visible lo invisible. Le pone flores al agradecimiento, música a la nostalgia, lágrimas a la fe y calles a la oración. Naturalmente, necesita siempre profundidad, Evangelio y verdad. Pero, cuando todo eso está, ocurre algo bellísimo: un pueblo termina rezando incluso sin darse cuenta de que está rezando.


Como sacerdote joven, ¿qué cree que buscan hoy las nuevas generaciones cuando se acercan a la Iglesia y qué cree que necesitan encontrar en ella?
Creo que los jóvenes soportan bastante bien que no tengamos todas las respuestas; lo que soportan mucho peor es que finjamos tenerlas.
Buscan verdad. Buscan autenticidad. Buscan lugares donde no tengan que aparentar. Están cansados de escaparates, filtros, personajes y vidas perfectamente editadas. Y, en el fondo, tienen la misma sed que ha tenido siempre el corazón humano: ser queridos de verdad y descubrir para qué merece la pena vivir.
Por eso creo que la Iglesia no necesita parecer más joven: necesita parecerse más a Jesús. Una Iglesia que escuche, que acompañe, que proponga sin miedo, que no rebaje el Evangelio, pero tampoco cierre la puerta al que todavía está buscando. Los jóvenes no necesitan una Iglesia que los entretenga; necesitan una Iglesia que les dé motivos para entregar la vida.
El libro nace también con una dimensión solidaria, destinando sus beneficios a proyectos concretos. ¿Qué importancia tiene para usted que la palabra, la oración y la escritura puedan terminar transformándose en ayuda para otras personas?
Me parecía precioso que un libro de oraciones no terminara en una estantería, sino poniéndose a trabajar.
La oración cristiana nunca puede encerrarnos. Si rezar de verdad nos acerca a Dios, necesariamente termina acercándonos a los demás. Por eso me gusta pensar que estas páginas pueden tener una doble vida: acompañar a alguien por dentro y, al mismo tiempo, ayudar a levantar algo por fuera.
Al final, quizá esa sea una buena definición de la fe: manos juntas para rezar que, cuando termina la oración, se separan para ponerse a trabajar.


Después de haber puesto por escrito tantas situaciones, sentimientos y momentos de la vida, ¿hay alguna oración de Dios sabe más que sienta especialmente cercana o que haya terminado enseñándole algo a usted mismo?
Me cuesta elegir una, porque algunas nacieron de experiencias muy concretas y otras terminaron hablándome después de haberlas escrito. Pero quizá siento especial cariño por aquellas que nacen cuando no hay nada que solucionar.Escaparate | 54
Vivimos obsesionados con arreglarlo todo. Y hay situaciones que no se arreglan: se atraviesan. Hay pérdidas, esperas, heridas y preguntas ante las que la oración no ofrece una explicación, sino una Presencia.
Esas oraciones me han enseñado mucho también a mí. Me recuerdan que, a veces, rezar no consiste en pedirle a Dios que quite la noche, sino en descubrir que Él se ha sentado a nuestro lado mientras amanece.
Si quien termine de leer el libro se queda con una sola idea al cerrar sus páginas, ¿qué le gustaría que se llevara consigo?
Una muy sencilla: puedes hablar con Dios de todo.
De absolutamente todo.
No hay una vida demasiado pequeña para interesarle, ni una herida demasiado fea para enseñársela, ni una alegría demasiado cotidiana para agradecerla, ni una pregunta demasiado incómoda para hacerla delante de Él.
Me gustaría que alguien cerrara la última página y ya no necesitara el libro. Que levantara la mirada, respirara y empezara a hablar con Dios con sus propias palabras.
Porque entonces el devocionario habría cumplido realmente su misión: no haberle enseñado 300 oraciones, sino haberle recordado que toda su vida puede convertirse en una.
TEXTO: FERNANDO COPETE

















