“Los niños nos caíamos y nos levantábamos”
Hubo un tiempo —no tan lejano— en el que la calle era la gran escuela de la infancia. Allí se aprendía a compartir, a discutir, a reconciliarse, a ganar y a perder. La calle era un espacio de libertad vigilada, de aventuras cotidianas, de imaginación desbordada. Era, en definitiva, un lugar donde se forjaba el carácter.
Hoy, sin embargo, basta con asomarse a cualquier barrio para comprobar una realidad inquietante: las calles están cada vez más vacías de niños.
No se escuchan balones golpeando las paredes, ni carreras improvisadas, ni risas que rompen el silencio de la tarde. En su lugar, vemos parques semivacíos y ventanas iluminadas por pantallas. Los juegos han cambiado de escenario: del asfalto al salón de casa, de la pandilla del barrio al mundo virtual.
Las razones son muchas y complejas. El tráfico, la inseguridad percibida, las agendas repletas de actividades extraescolares, el miedo de los padres y, por supuesto, el avance imparable de la tecnología. Todo ello ha ido reduciendo el espacio de autonomía de los niños, confinando su ocio a lugares cerrados y controlados.
Cuando los niños dejan de jugar en la calle, no solo pierden ejercicio físico o contacto con el aire libre. Pierden algo más profundo: la oportunidad de relacionarse de manera espontánea, de resolver conflictos por sí mismos, de explorar su entorno con curiosidad. Pierden la experiencia de comunidad.
Antes, el barrio era casi una gran familia. Los vecinos se conocían, los mayores echaban un ojo, y los niños crecían sintiendo que pertenecían a algo más grande que su propia casa. Hoy, muchas urbanizaciones y bloques de pisos funcionan como compartimentos estancos donde apenas se cruzan miradas en el ascensor.
El juego en la calle fomentaba valores esenciales: cooperación, resiliencia, creatividad y autonomía. No había tutoriales ni instrucciones; se inventaban las reglas sobre la marcha.
Con la salvedad de lugares como la Plaza Nueva o la Gavidia, que todavía suponen un pequeño hilo de esperanza.
En mi época no se estilaba ir al orientador escolar, ni que los padres acudieran constantemente a tutorías para resolver cada dificultad. Los niños nos caíamos y nos levantábamos.
Recuerdo perfectamente que en mi clase estaba el gafotas, el orejón, el canijo, el gordito, el de los ojos saltones o el paletas, y nunca se vivió como un ataque.
Siempre recuerdo una frase de mi padre: “Soy tu padre, no tu amigo”.
Como sociedad, quizá ha llegado el momento de replantearnos nuestros espacios urbanos y nuestras prioridades.


















