30 Jun, 2016 | cartas del director

Mario Niebla del Toro Carrión.

Director de la Revista Escaparate        

Hay un señor conocido en sociedad en Sevilla que cariñosamente y con la retranca de nuestra invicta ciudad es rebautizado como “El Corcho”. Durante años ha ostentado cargos de responsabilidad en diferentes campos. Los que le conocemos bien, no terminamos de conocerlo. Paradojas de la vida. El hombre corcho tiene algo de gallego. Ya sabe, ni sí, ni no, ni lo contrario, ¿me entiende? El sobrenombre viene por su capacidad de flotar en todas las aguas, como este material que protege nuestros vinos hasta su muerte por las tragaderas. Aguas saladas, aguas dulces, oceánicas o mediterráneas, el corcho flota en todas las aguas. Aunque parece que se moja no termina de empaparse. Impermeable. ¿Usted qué piensa de esto? La respuesta del corcho es que hace un día estupendo. El problema es que nunca conocerá el fondo de ninguna marea, siempre estará en la superficie y aunque piense que va en un sentido lo hace a la deriva porque no pone resistencia para seguir flotando. Los pargos, las doradas, las hurtas, las lubinas … Esos se los pierde el corcho. Peces de gran sabor, buena textura y carnes firmes, propio de los que viven cerca de los roqueríos del mar. El pescado de roca y también los corales están reservados para otros. Para los que arriesgan a sumergirse, para los que pelean por unos ideales. Esa postura de corcho es la más cómoda desde luego a priori y, entre usted y yo, tampoco la veo mal para quien quiera llevarla a cabo pues para eso nacemos relativamente libres. En todos los ámbitos de la vida no puede uno sumergirse, sería un sinvivir. Hay que darle al punto zen en muchas ocasiones para vivir sin úlceras y feliz como una perdiz. El corcho puede ser nuestro material cuando el asunto o las personas no registren interés. Esa postura perenne, un tanto vaticana, tiene su contrapartida. Normalmente lo que se siembra se recoge, lo que se proyecta retorna. En momentos críticos las personas corcho pueden tener la mala fortuna de encontrarse con otros corchos que no le solucionen, por darle prioridad a flotar sobre todas las cosas y las aguas. Nada de nada, mire usted, en la vida, como una buena amiga mía dice, se juega por equipos. La libertad, tras la salud, creo que es lo más importante y caro que podemos tener. Un don premium como dirían los de los productos del Gourmet de El Corte Inglés que me vuelven loco.
La libertad idílica es aquella que permite optar por tomar una decisión y tras ella un camino que se abre con sus chinos en los zapatos y sus baches, también con sus paisajes al estilo Pampa argentina, como esos que sorprenden a mitad del Camino del Rocío a las segundas de cambio. Todos los caminos no creo que lleven a Roma. Suena bien pero no es cierto. Las hadas madrinas tampoco existen. Una pena. Cuando los momentos son hostiles es cuando se caen las máscaras de todos, por obra u omisión. Nos encontramos personas leales hasta las últimas consecuencias y los corchos que no mueven ficha, porque el que se mueve no sale en la foto. Esta carta es un brindis al juego por equipos. Obras son amores y no buenas razones y cuando nuestro equipo pelea por la nobleza, el trabajo, la felicidad , el compañerismo, la superación, el éxito, la lealtad y la verdad tiene que acabar ganando el partido de la vida, aunque sea en el último minuto del segundo tiempo. El equipo pasa de los cantos al aire a la acción, del himno al contraataque. Hay que posicionarse, amigo mío, incluso cuando no conviene a priori. Por encima de los intereses está la honestidad. Normalmente los beneficios del corcho son pan para hoy y hambre para mañana. Los beneficios del juego por equipos es un seguro de vida. Alguien me dijo un día: “Mario, al final, tarde o temprano, acabarán ganando los buenos”. Aunque suene un tanto maniqueo, en esencia, por la experiencia de quienes peinan canas, de un modo u otro siempre ha sido así. Esta carta es una declaración anti corcho. Por los que se mojan, pese al alto precio. Por los que pelean sus colores. Por el juego en equipos. Y por el lenguado que está para comérselo…

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