50 años de su pureza
El calendario taurino marca una fecha en la que hay que detenerse: el 7 de octubre de 2025 se cumplieron cincuenta años de la muerte de Antonio Bienvenida. La noticia de su fallecimiento en 1975, a la edad de 53 años, conmocionó al orbe taurino. El maestro perdió la vida como consecuencia de una cogida sufrida el 4 de octubre de 1975 durante un tentadero en El Escorial, pero su arte, su integridad y su conocimiento de la lidia han cimentado una leyenda que, aún hoy, medio siglo después, inspira homenajes incontables en España, Francia y Portugal.
La figura de Antonio Bienvenida, nacido el 25 de junio de 1922 en Caracas, ya que su padre se encontraba toreando por toda América trasladado con toda la familia. Fue bautizado en la parroquia de Omnium Sanctorum de Sevilla, y siempre mantuvo una profunda vinculación con la ciudad: fue muy devoto del Gran Poder, de la Macarena y de la Amargura, pasaba largas temporadas en el campo sevillano entrenando, tiene una calle en la Feria de Sevilla.
Al cumplirse este aniversario, su nieto, el periodista Gonzalo Bienvenida, afirma que, para el mundo de la tauromaquia, su abuelo “ha quedado en la memoria de los aficionados como un icono de clasicismo, integridad y maestría por su amplio conocimiento de la lidia”. Este conocimiento riguroso lo convirtió en un referente que buscó constantemente la pureza en el ruedo.
De hecho, la enseñanza que perdura la define como “la búsqueda incansable de la pureza. En las diferentes fases de su toreo siempre buscó torear con verdad, aunque le costara caro en muchas ocasiones”. Sobre la esencia misma de su arte, Gonzalo Bienvenida subraya que “en su tauromaquia deslumbra la naturalidad con la que interpreta todas las suertes, pero no se puede olvidar el temple, el arte y la profundidad de su toreo”.
Toreó por primera vez en público en 1934 en El Escorial, y ese mismo año debutó como becerrista en Zamora. Su primera vez de luces fue en Córdoba, el 3 de julio de 1937, para luego compartir cartel con sus hermanos Manolo y Pepe en Sevilla.


Como novillero, dejó constancia de su innovadora técnica en triunfos sonados, como el quite de la «serpentina» en Sevilla (1940) y las célebres chicuelinas de manos bajas en Madrid (1940). Su faena de 1941 al novillo Naranjito, con los tres pases cambiados, forma parte indeleble de la historia de Las Ventas.
Bienvenida tomó la alternativa el 9 de abril de 1942 en Las Ventas, frente a un toro de Miura. Pero más allá de este inicio, se consolidó como una leyenda irrefutable en la capital: ostenta el título de torero con más paseíllos en la historia de Las Ventas, sumando 106, un récord inigualable adornado con once salidas a hombros por la Puerta Grande. Su entrega fue absoluta, sufriendo una grave cornada en el vientre en Barcelona que casi le cuesta la vida, y una cornada muy grave en el cuello en 1958, de la que logró recuperarse.
La madurez del maestro Bienvenida estuvo salpicada de faenas memorables. En 1959, protagonizó una tarde apoteósica junto a Julio Aparicio y Pepe Luis Vázquez, un cartel de época que se recuerda como una de las cumbres del toreo clásico. Años más tarde, en 1964, firmó una de las mejores faenas de su vida en San Sebastián de los Reyes, y en 1965 indultó al toro Cubanossito, de la ganadería de Antonio Ordóñez, en Jerez. En El Puerto de Santa María, durante la alternativa de José Luis Galloso en 1966, dejó para la historia una de sus obras más rotundas.


A pesar de una apoteósica retirada inicial en 1966, lidiando seis toros en solitario tras veinticinco años de alternativa, su amor por el arte lo trajo de vuelta. Reapareció en 1971, en un regreso triunfal en San Isidro, donde cortó cinco orejas en una corrida concurso y abrió de nuevo la Puerta Grande. Su calidad se mantuvo intacta hasta el final, como lo demostró en 1972 al cuajar una gran faena a un toro de Victorino Martín.
Finalmente, se retiró de manera definitiva en 1974 en Vista Alegre, compartiendo cartel con Curro Romero y Rafael de Paula, poniendo fin a una trayectoria que cosechó gran cartel en plazas de la talla de Barcelona, Valencia, Málaga, Toledo, Valladolid y Murcia.
Cincuenta años después de aquel fatídico octubre, la estampa de Antonio Bienvenida permanece no solo en las estadísticas de Las Ventas, sino también en el imaginario colectivo como sinónimo de verdad, arte y, sobre todo, de la incansable búsqueda de la pureza.
Texto: Fernando Copete
Fotos: Archivo familiar



















