FIRMA INVITADA
Este octubre la plaza de toros de Las Ventas era testigo y cómplice de cómo se quitaba la coleta el maestro Morante de la Puebla dejando atrás una estela de brillantez imparable, un saber hacer en el mundo del toro un saber hacer, me atrevo a decir, que pocos, o ninguno, serán capaces de igualar y, mucho menos, superar.
Sin embargo, el legado que deja el maestro debe hacernos reflexionar como individuos y como sociedad. Lo que el matador deja ante nuestros ojos y sobre el albero no es otra cosa que la excelencia. Una excelencia que, por desgracia y en la mayoría de los casos y ámbitos de nuestra sociedad, brilla por su ausencia.
Pese a todo, hablar de excelencia es, de una manera u otra, hablar de esta revista, de su equipo y de su director. Todo ello ha quedado, sin duda, de manifiesto cuando se cerraba septiembre en Sevilla con una gala de los XIX premios Escaparate que ponía en la capital andaluza el foco de todas las miradas. Sin lugar a réplica, la gala de Escaparate de este año ha consolidado, si es que había algo que consolidar, la imagen de la Revista como número uno en lo social.
Tanto el diestro de la Puebla como el director de Escaparate son ejemplos vivos, como decíamos, de la sublimidad. Aun así la pregunta que surge es, ¿en qué momento hemos perdido la capacidad como sociedad de llegar a lo excelso entre lo excelso?
En los colegios, medios de comunicación, cine, televisión ¿donde están aquellos que antes poblaban hasta rebosar la sociedad? ¿Dónde está el, permítase la expresión, barriobajerismo intelectual de un Cela que subía el listón de los ‘primes times’?
Ojalá como sociedad estuviéramos dispuestos a rendir pleitesía a la excelencia, a la primacía del esfuerzo, a buscar la superación a la superación, a claudicar ante la altura intelectual como el que, muleta en mano, hace al toro humillarse en absoluta dignidad hasta levantar en nubes el polvo que blanden sus pitones.
Ante la cultura de lo fácil, inmediato, son los cocidos a fuego lento, las faenas forjadas con templanza en suspiros que cortan en el aire la respiración al vuelo, los que marcan la diferencia ante tanta estupidez. Sin embargo, ninguna de estas líneas pretende ensalzar la lentitud en vano, sino todo lo contrario. Intentan, sin tender a pretenciosas, alabar el trabajo bien hecho, el personaje bien construido, las preguntas oportunas que dan a luz una entrevista memorable, el pulcro editorial que acaba enmarcado en las páginas de la memoria del ávido lector.
Hemos perdido la ilusión. Hemos perdido el interés por el buen hacer. Pero, sin embargo, esto no debe hacernos caer en el pozo del pesimismo, sino despertar en nosotros las ganas de darle la vuelta a la partida, de llegar con el peón al final del tablero y convertirlo en Reina.
Cito a Whitman cuando digo: la sociedad de hoy somos nosotros, los poetas vivos; no permitas que la vida te pase a ti sin que la vivas.
Grito un despierta al hombre libre, saco al vuelo el pañuelo invocando a una sociedad adormecida, e imploro a todo aquel que quiera escuchar a que abra las puertas grandes de su mente, amplíe sus miras y se vea capaz de hacer de su vida una faena de indulto en la que toro y torero dibujan una simbiosis perfecta y, dos orejas en mano y a hombros, tengan el valor de dar un paso adelante y, líderes completamente, digan al mundo: “con la venia, señoría”.
Texto: Enrique Galán



















