Cuando la abstracción se convierte en pensamiento
Hay exposiciones que se contemplan, y otras que se piensan. “Geometría y Color”, la propuesta que reúne a Juan Cuenca y Amaya O’Neill en la Galería Freijo, pertenece a esta segunda estirpe. La muestra invita al espectador a adentrarse en un territorio donde la abstracción deja de ser un juego formal para convertirse en una herramienta de conocimiento, un espacio donde forma, color y pensamiento avanzan de manera inseparable.
La exposición se articula como un diálogo sereno entre dos trayectorias que comparten una raíz común como es la geometría pero que se despliegan desde sensibilidades distintas. Tal como Guillermo Díaz Vargas, el camino abierto por la abstracción en las artes plásticas conduce a dos tipos de realidades: por un lado, los productos subjetivos de la psique humana, las emociones y los sentimientos; por otro, las abstracciones objetivas propias de los conceptos científicos, la aritmética y la geometría. Esta distinción resulta clave para entender la naturaleza del encuentro entre Cuenca y O’Neill, unidos por una conexión poética con el mundo que da sentido artístico a sus obras.

En el trabajo de Juan Cuenca, la geometría se presenta como un lenguaje riguroso pero abierto, capaz de generar formas que satisfacen una sensibilidad estética profundamente personal. Sin embargo, su método se aleja de la imposición autoritaria del diseño: el artista busca que sean las propias leyes objetivas de la geometría y de la plástica de los materiales las que se expresen por sí mismas. En ese proceso, descrito por Díaz Vargas como un estado de trance creativo, Cuenca parece dejarse poseer por la materia, escucharla, comprender sus tensiones y posibilidades antes de conducirla hacia la forma definitiva.
Esta actitud introspectiva no es ajena a su formación como arquitecto. Remite, casi literalmente, a la célebre recomendación de Eduardo Torroja, según la cual el diseñador de estructuras debía sentir la estructura en su propio cuerpo para comprender su equilibrio y funcionamiento. En las obras de Cuenca, esa herencia se traduce en composiciones donde el rigor geométrico convive con una dimensión sensorial que trasciende lo puramente racional. Sus piezas no se limitan a ocupar el espacio: lo activan, lo tensan y lo hacen vibrar.



Amaya O’Neill, por su parte, se aproxima a la geometría desde una perspectiva que une percepción y pensamiento. Su punto de partida podría resumirse de forma esencial: percibir es pensar. A partir de ahí, su obra se adentra en los caminos del pensamiento desde sus formulaciones más antiguas, aquellas que, desde la antigüedad, han estado ligadas a la geometría como fundamento del conocimiento.
En las composiciones de O’Neill, el color adquiere un papel central como elemento activo del pensamiento visual. No actúa como mero acompañamiento de la forma, sino como un agente que construye ritmo, profundidad y sentido. Sus obras apelan tanto a la intuición como a la razón, proponiendo al espectador una experiencia perceptiva que se despliega lentamente, casi como un ejercicio de contemplación consciente.
“Geometría y Color” se ha configurado así como algo más que una exposición compartida: es un espacio de convergencia entre dos maneras de entender la abstracción y, al mismo tiempo, una reflexión sobre la vigencia de la geometría como lenguaje artístico y filosófico. Entre la entrega al material y la lucidez conceptual, entre la emoción y el cálculo, la muestra propone una experiencia que trasciende lo visual y deja una huella perdurable. Una invitación a recordar que, en el arte contemporáneo, la geometría sigue siendo una puerta abierta hacia el pensamiento y la sensibilidad.





















