Coreógrafo y bailarín: «Entiendo la creación como un acto de colaboración»
Tras recibir el Premio Nacional de Danza en 2025, Guillermo Weickert atraviesa uno de esos momentos de claridad que solo llegan después de muchos años de búsqueda. Su obra, marcada por una mirada ética sobre la creación y una profunda atención al proceso, se sitúa en un territorio donde el cuerpo, la luz, el sonido y el espacio no responden a jerarquías.
Con Andalucía como paisaje vital más que como consigna estética, Weickert reflexiona sobre el riesgo creativo, la precariedad estructural de la danza, la autoría compartida y la necesidad urgente de recuperar el teatro como rito colectivo. Esta conversación es también un mapa íntimo de su trayectoria y de su forma de estar en el mundo escénico.
Su pieza Luz ha sido descrita como una obra que transforma la percepción del cuerpo a través de la luz y el espacio. ¿Cómo nació esta idea y qué papel juega la luz como elemento coreográfico?
La pieza no se apoya solo en la luz, sino también en la música y en un diseño de sonido inmersivo, con la intención de crear una propuesta sinestésica. El objetivo era generar atmósferas y construir distintos universos teatrales manipulando la “caja negra” del teatro como un campo de potencialidades. Esta idea se inspiró en el trabajo del arquitecto suizo Peter Zumthor, concretamente en su conferencia Atmósferas, y nació de mi propia búsqueda sobre qué es lo que me emociona y me conmueve de las artes escénicas como espectador.
El jurado ha destacado su libertad creativa y su capacidad de riesgo. ¿Qué significa para usted el riesgo en el proceso de creación y dónde sitúa los límites?
Para mí, el riesgo es, sobre todo, no acomodarme. Intento que mi identidad no se ligue a un método fijo, sino mantener la inquietud de responder a cada espectáculo como si fuera una pregunta nueva, construyendo herramientas específicas para cada ocasión. Los límites están en deconstruir lo que se espera de una pieza de danza o lo que se cree que va a funcionar comercialmente. El verdadero riesgo es ser fiel a la intuición y al corazón, sin hacer concesiones a un mercado con el que uno no se identifica, confiando en el encuentro con el público, pero sin anhelarlo tanto como para traicionarse a uno mismo.
Recibe este reconocimiento en un momento de tensión entre precariedad e innovación. ¿Qué diagnóstico hace del estado actual de la danza en España y, en particular, de la andaluza?
Es un terreno bastante árido. Hay un nivel de talento y creatividad altísimo, pero las condiciones son muy duras debido a la falta de un tejido duradero que permita a los creadores vivir de su trabajo en su propia tierra. En Andalucía, la falta de medios nos obliga a ser creativos incluso en la manera de producir. Aunque los límites pueden aportar algo positivo, un exceso de precariedad termina asfixiando y desalentando a los artistas.

Su formación combina teatro y danza. ¿Cree que las fronteras entre disciplinas están desapareciendo o, más bien, transformándose?
Contrariamente a lo que suele decirse, creo que hay un exceso de categorización y compartimentación impulsado por el propio sistema. Yo me formé en los años noventa en el Instituto de Teatro de Sevilla, donde se nos enseñaba que no había límites y que todo estaba al servicio de la creación contemporánea. Hoy, aunque el discurso hable de fusión, el sistema sigue dividiendo los circuitos; los de danza, por ejemplo, suelen ser más austeros y precarios que los de teatro. Personalmente, aunque acepto la etiqueta de danza, prefiero hablar de movimiento humano: me interesa cualquier cuerpo moviéndose en escena, no solo la técnica académica.
Concede mucha importancia al equipo humano. ¿Cómo entiende la autoría dentro de un proceso inevitablemente colectivo?
Entiendo la creación como un acto de colaboración. Aunque asumo el rol de coreógrafo o director para aunar voces potentes y gestionar egos, considero a mi equipo como cocreadores. En mi última pieza he conseguido que el iluminador, el músico, el diseñador de sonido y el vestuarista estén presentes físicamente durante todo el proceso, no solo al final. Para mí, el proceso es el verdadero alma de la creación.
Mirando atrás en su trayectoria, ¿hay alguna obra que considere un punto de inflexión?
Ha habido varias. Mis trabajos en solitario fueron fundamentales para articularme como creador, como Descenso (capricho) en 2004, donde asumí plenamente la labor de creación. Material inflamable (2011) marcó un cambio en mi lenguaje y en el uso del espacio, y Ya pasan cosas (2010) abrió una puerta dramatúrgica muy potente que deseo volver a visitar ahora, desde la madurez. Finalmente, Estapamosen (2021) define mi etapa actual, donde el “cómo se hace” y la ética de las condiciones de trabajo son tan importantes como el contenido de la obra.
En relación con la recepción del público, ¿qué le interesa provocar en quien observa su trabajo?
Más que provocar algo concreto, me interesa generar una comunicación real. Quiero recuperar la ilusión de ir al teatro, que el espectador se sienta un poco como un niño descubriendo el rito escénico. En un mundo dominado por las pantallas, valoro enormemente el acto de reunirse con otros frente a un escenario vacío para buscar una catarsis colectiva y una emoción compartida.
Mantiene un fuerte vínculo con Andalucía. ¿Existe una raíz territorial en su lenguaje escénico?
No intento instrumentalizar mi relación con Andalucía; simplemente dejo que aparezca de forma natural. Vivir aquí, estar en contacto con sus tradiciones, su folclore y su luz, marca inevitablemente una sensibilidad estética, aunque no recurra al cliché andaluz.

¿Qué le motiva actualmente a seguir explorando el movimiento y la escena?
Sigo trabajando como intérprete para otras compañías y realizando asesorías artísticas para creadores como la bailaora Vanessa Aibar. También me nutro mucho de la docencia y de los talleres. En estos momentos preparo una nueva creación para 2027 que seguirá explorando temas profundamente humanos, donde la reflexión política o social surge de lo que le ocurre a las personas, desde el alma, algo que la danza revela con enorme facilidad.
Para finalizar, ¿qué consejo le daría a las nuevas generaciones de artistas?
Que confíen en su trabajo y alimenten la pasión, porque, a pesar de la dureza, esta profesión ofrece grandes satisfacciones. Les diría que no se obsesionen con tener un sello propio desde el principio: el lenguaje personal es un proceso que se decanta con el tiempo y con mucha obra hecha. El sistema actual les exige destacar demasiado pronto, y eso genera frustración y parálisis. Lo importante es mostrarse al mundo, seguir la intuición y dejarse sorprender por los resultados, sin que todo pase por lo racional o lo mental.
TEXTO: FERNANDO COPETE FOTOGRAFÍA: CHARLY CALDERÓN – CURRO MEDINA



















