LA ÚLTIMA VERÓNICA
Hubo un tiempo en que el toreo no se explicaba: se sentía. Un tiempo en que una verónica suspendía el aire, en que el duende se hacía forma y la plaza entera respiraba al compás de un capote. Ese tiempo tenía un nombre: Rafael de Paula. Su muerte, a los 85 años, deja a Jerez de la Frontera —y a toda la afición— ante un silencio que solo acompaña a las figuras irrepetibles.
Nacido en el barrio de Santiago, esencia jonda de la ciudad, Rafael Soto Moreno llevó desde niño la intuición del artista. No provenía de una estirpe taurina, pero sí de un paisaje humano donde la sensibilidad —el compás, el temple, la hondura— se mamaba en las esquinas. Debutó joven, arropado por la pureza de Ronda, y fue allí donde tomó la alternativa, dando inicio a una carrera que jamás sería lineal, pero sí profundamente verdadera.
Hablar de Rafael de Paula es hablar del capote hecho seda y temblor, de un ritmo que parecía surgir de otra dimensión, de un misterio que no todos entendían, pero que nadie podía pasar por alto. Sus verónicas, lentas y desmayadas, fueron siempre un acontecimiento. No toreaba para brillar: toreaba para decirse. Y esa diferencia lo convirtió en mito.
Fue un torero irregular, sí, porque la inspiración no siempre se ofrece dócil. Pero cuando la encontraba… entonces sucedía lo milagroso. El público se inclinaba hacia él como quien escucha un susurro decisivo. Era un torero de arte, de los que firmaban instantes que quedan grabados en la memoria sentimental de España. Por eso su figura trascendió el ruedo y entró en el territorio de lo cultural: la estética, el carácter, la fragilidad, la belleza. A principios de los años dos mil recibió la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, símbolo de que su arte no pertenecía solo a los taurinos, sino a la sensibilidad de un país entero.
Su vida estuvo marcada por luces intensas y sombras no menos profundas. El propio Paula hablaba abiertamente de sus miedos, de sus quebrantos físicos, de la inseguridad que lo perseguía como un reflejo inevitable. Quizás por eso su toreo era tan humano: porque surgía de alguien que conocía la herida, y que aun así buscaba la belleza. Las lesiones y la edad le obligaron a retirarse al comienzo del nuevo siglo, dejando tras de sí una estela de tardes memorables y un repertorio que todavía hoy estudian quienes buscan la verdad del toreo.
Con su muerte, se apaga una voz imprescindible del arte taurino. Pero queda su legado: esa forma de entender la lidia como un acto de emoción pura; esa defensa de la estética como valor esencial; esa fragilidad tan valiente, tan nuestra. Queda también la imagen eterna del torero de Jerez, del gitano de mirada profunda, que un día decidió convertir el toreo en un gesto íntimo, casi sagrado.
En un mundo donde todo parece acelerarse, Rafael de Paula nos recordó que la belleza necesita pausa. Quizá por eso, al recordarlo, la plaza se queda quieta, como si todavía esperara una última verónica. Y en ese silencio, tan suyo, el arte vuelve a latir.



TEXTO: FERNANDO COPETE FOTOGRAFÍA: ANÍBAL GONZÁLEZ PINTO



















