El viaje de Fadrique Enríquez de Ribera
En la Sevilla del siglo XVI, cuando el puerto recibía las riquezas de Indias y la ciudad se afirmaba como eje del mundo occidental, hubo un viaje que no trajo oro ni especias, sino memoria sagrada. En 1518, Fadrique Enríquez de Ribera, primer marqués de Tarifa y VI adelantado mayor de Andalucía, emprendió peregrinación a Jerusalén y, a su regreso, Sevilla comenzaría a mirarse en el espejo de la Ciudad Santa.

Aquel desplazamiento se inscribía en una tradición devocional profundamente arraigada. Como explica Jesús Pozuelo, de Ispabilia, “muchos nobles se dirigían a Tierra Santa para conocer los santos lugares”. No era un viaje turístico en el sentido moderno, sino una experiencia espiritual intensa: recorrer físicamente los escenarios de la Pasión de Cristo, tocar las piedras, medir los pasos, interiorizar el dolor y la esperanza.
Jerusalén es una ciudad sagrada no solamente para el cristianismo, sino para las tres religiones monoteístas. Pero para un cristiano de aquella época, el núcleo del itinerario era la Vía Dolorosa, el camino que realizó Jesús desde que cogió la cruz hasta que fue crucificado, descendido y sepultado. Ese trayecto comenzaba en el Pretorio, junto a la actual Puerta de los Leones, donde Cristo fue presentado al pueblo por Pilatos, y culminaba en el Gólgota, hoy integrado en la Basílica del Santo Sepulcro.


La trascendencia de aquel viaje no se entiende sin el regreso. Jesús Pozuelo afirma que el marqués decide instaurar una Vía Dolorosa desde su casa, desde el palacio del Adelantado, actual Casa de Pilatos, hasta el Templete de la Cruz del Campo.
El punto de partida era su residencia sevillana, la Casa de Pilatos; el final, la Cruz del Campo, el humilladero más relevante de la Sevilla medieval. Según Pozuelo, Fadrique no levantó un escenario nuevo, sino que articuló un itinerario penitencial entre dos lugares ya cargados de simbolismo. Así, en la Cuaresma de 1521, quedaba instaurado un vía crucis urbano que trasladaba simbólicamente Jerusalén al corazón de Sevilla.
Durante siglos se ha repetido que la Casa de Pilatos recibe su nombre porque la distancia hasta la Cruz del Campo coincide con la que separa el Pretorio del Calvario. Sin embargo, Jesús Pozuelo insiste en que “eso no es cierto”. La Vía Dolorosa original mide aproximadamente un kilómetro, mientras que el recorrido sevillano alcanza exactamente dos kilómetros. Además, tanto la Casa de Pilatos como la Cruz del Campo ya existían antes del viaje del marqués de Tarifa a Jerusalén.


Desde 1521, el itinerario ha conocido cambios —modificaciones en el punto de inicio, ampliación de estaciones, interrupciones y recuperaciones—, pero su esencia permanece. No fue una simple imitación de Tierra Santa, sino un acto simbólico coherente con la religiosidad de su tiempo. Como insiste Jesús Pozuelo, es “una historia interesante” porque desmonta leyendas y permite comprender cómo Sevilla, en pleno apogeo, reinterpretó Jerusalén desde su propio tejido urbano.
Quizá ahí radique la fuerza de este legado: no en la exactitud de los metros, sino en la profundidad del significado. Desde entonces, cada Cuaresma, Sevilla no solo recuerda un camino lejano; lo recorre en sus propias calles, haciendo de la ciudad una geografía espiritual donde la memoria se convierte en presente.
TEXTO: FERNANDO COPETE

















