Bajo la ojiva: de San Julián al cielo
Sevilla se entregó a la devoción y a la tradición en uno de sus actos cuaresmales más destacados: el Vía Crucis Penitencial de las Hermandades, organizado por el Consejo General de Hermandades y Cofradías, que este año celebra su 50.º aniversario. La Hermandad de la Hiniesta tuvo el privilegio de presidirlo con el Santísimo Cristo de la Buena Muerte recorriendo con solemnidad las calles de la ciudad, dando inicio a la Cuaresma.
La participación de esta hermandad, con más de ochenta años de historia, supone un reconocimiento a su tradición, a su devoción y a su relevancia dentro del mapa cofrade sevillano, reafirmando la vigencia de un culto que combina arte, historia y espiritualidad.

BUENA MUERTE DE SEVILLA
La imagen que presidió el Vía Crucis no es una talla cualquiera. El Cristo de la Buena Muerte, obra de Antonio Castillo Lastrucci entre 1937 y 1938, es una talla completa de madera de cedro policromada de 1,76 metros que conjuga la tradición barroca sevillana con la sensibilidad contemporánea de su época.
Su creación se enmarca en un momento complejo de la historia de Sevilla: tras los incendios que afectaron a los templos de San Julián y San Marcos, la hermandad buscaba recuperar su devoción y presencia en la ciudad mediante una obra que evocara los grandes crucificados de antaño. Según se recoge en el contrato de ejecución firmado el 14 de agosto de 1937, Castillo Lastrucci buscó evocar los grandes Crucificados barrocos de la ciudad, inspirándose en maestros como Juan Martínez Montañés y Juan de Mesa, fusionando el respeto por la tradición con una mirada renovadora.
Jesús Palomero Páramo detalla que “del Cristo de la Clemencia toma prestada la cabeza y el tronco, del Cristo de la Conversión del Buen Ladrón copia el sudario y del Cristo de la Buena Muerte de la cofradía universitaria recrea las piernas”. Castillo Lastrucci utilizó como modelo a Manuel Gómez Lora, un empleado de la tienda de muebles Europa regentada por su hermano, lo que le permitió dotar a la imagen de un realismo profundo, que se percibe en cada pliegue del sudario y en la tensión contenida de las extremidades.
La imagen representa a Jesús crucificado, en el momento intermedio entre la lanzada y el descendimiento. La cabeza, inclinada hacia la derecha, porta una corona de espinas tallada a la que se han añadido potencias de orfebrería, y el rostro refleja la serenidad y la belleza masculina idealizadas por Castillo.
El sudario se anuda en la cadera derecha, dejando al descubierto el costado de Cristo, y tres clavos lo fijan a la cruz, que en su parte superior muestra el “titulus” con la inscripción de su condena en hebreo, griego y latín. Intervenciones recientes, como la sustitución de la cruz original en 1991 y la reposición de espinas de la corona en 2006 por José Pérez Delgado, han asegurado que la imagen conserve su solemnidad y esplendor a lo largo de los años.
Bendecido en 1938 por el vicario Jerónimo Armario y Rosado en la iglesia de San Luis de los Franceses, el Cristo salió por primera vez aquel Domingo de Ramos desde la iglesia de Nuestra Señora de Consolación (Los Terceros), llevando el paso en soledad hasta la incorporación de la figura de la Magdalena en 1944.
Desde entonces, su advocación como Buena Muerte ha simbolizado la serenidad frente al dolor y la muerte, un concepto que este año encontró eco en el lema del Vía Crucis: “Es muriendo como se resucita a la vida eterna”, frase de San Francisco de Asís elegida en homenaje al VIII Centenario de su fallecimiento y por el carácter franciscano de la Hermandad.

Para la Hermandad de la Hiniesta, participar en el Vía Crucis del Consejo de Hermandades supone un motivo de orgullo y responsabilidad. Nicolás Alba, Hermano Mayor, recordó la emoción de la hermandad: “Es una satisfacción que la imagen titular de nuestra hermandad presida un acto de toda la ciudad. Se vive con ilusión, pero también con la responsabilidad de que todo saliera perfecto”. La elección de las hermandades que
presiden el Vía Crucis corresponde a la sección de penitencia del Consejo, y una vez decidido, se comunica formalmente a los interesados.
Este año, el Cristo de la Buena Muerte recorrió la ciudad en una posición excepcionalmente vertical, en contraste con la disposición horizontal que suele adoptar en su Vía Crucis anual. “Esto permitió que el Señor pudiera ir en posición vertical, algo que en nuestro Vía Crucis ordinario no sería posible, debido a que no cabe por las puertas de los conventos que visitamos durante el acto», explicó Alba. La decisión requirió estudios técnicos y la coordinación de la hermandad para garantizar la seguridad de la imagen y de los portadores, un detalle que subraya la relevancia y la singularidad de este evento. Fue un hecho histórico: nunca antes el Cristo de la Buena Muerte había presidido el Vía Crucis del Consejo de Hermandades.
SEVILLA SE FUNDIÓ EN EL AZUL Y PLATA DE LA MURALLA
La imagen salió de la iglesia de San Julián a las 16:15 horas, acompañada por un cortejo de cerca de cuatrocientas personas, y recorrió templos históricos de la ciudad vinculados a la Hermandad, como San Martín, Santa Marina, San Andrés, la Capilla de los Panaderos y Montesión. A cada paso, la luz temblorosa de los cirios iluminaba la madera policromada de la imagen, creando un ambiente de recogimiento que conmovía a los fieles. El público se agolpaba a medida que el crucificado avanzaba, llegando a la plaza del Salvador y, finalmente, a la Catedral de Sevilla, donde se vivió un momento de penitencia y solemnidad difícil de igualar.
La entrada en la Catedral, realizada por la Puerta de Campanillas debido a los trabajos de conservación en la Puerta de Palos, fue recibida por el arzobispo José Ángel Saiz Meneses y miembros del Consejo de Hermandades y Cofradías. Catorce cruces de guía representaban las estaciones del Vía Crucis, y la ceremonia, de intenso carácter penitencial y espiritual, evocaba a todos el inicio oficial de la Cuaresma. Participaron en el rezo del Vía Crucis las hermandades de Bendición y Esperanza, la Milagrosa, San Roque, San Pablo, las Penas de San Vicente, San Benito, la Lanzada, Buen Fin, Exaltación, Macarena, Esperanza de Triana, la O, Sol y la Resurrección. Cada estación del recorrido ofrecía a los presentes un instante de contemplación, acompañado por cánticos suaves y el respetuoso silencio del público, donde historia y fe se entrelazaban en cada gesto y en cada mirada. El regreso a San Julián avanzó con ritmo pausado y la asistencia de público fue mayor que en años anteriores.


Tras recibir información del Arzobispado de Sevilla sobre el cierre del templo de San Julián el 2 de marzo, los titulares de la hermandad fueron trasladados al Convento de Santa Isabel el jueves 26 de manera pública. Allí se celebró el Septenario Doloroso a la Santísima Virgen de la Hiniesta. Posteriormente
las imágenes serán trasladadas a la Iglesia de Santa Marina, desde donde se realizará la Estación de Penitencia a la Santa Iglesia Catedral el Domingo de Ramos.
Más allá del cortejo y del recogimiento, el Vía Crucis de las Hermandades es memoria y barrio. Como explica Jaime Galán Hurtado en la descripción del logo de este acto, “hay cruces que no se alzan solo para mirar al cielo, sino para quedarse entre nosotros. Esta nace en San Julián, en una plaza que ha visto pasar la vida, las vísperas y los silencios de un barrio que camina unido”. No es solo rezo ni tradición: es un lenguaje visual que se despliega por la ciudad, un llamado a la reflexión y al encuentro, una manera de que la fe se haga tangible en cada calle y en cada mirada.
El Vía Crucis se alza como un poema silencioso de la devoción sevillana, donde la memoria del tiempo, la fuerza de la tradición y la delicadeza del arte se encuentran en perfecta armonía.
TEXTO: JUAN PABLO VÁZQUEZ MORERA FOTOGRAFÍA: TOMÁS QUIFES

















