“No persigo en este sitio más que suspirar entre líneas un exceso de mi memoria”
Deslizo mi memoria hasta arriar en mi niñez. Me vuelvo a encontrar con aquel niño soñador, que descubría en los compases de la vieja ciudad una vez primera. Tez morena y nariz chata que se abría a los aromas de todos los siglos. Olor a cera fundida, incienso de los Tres Reyes y sabor a manzana caramelizada y garrapiñada de días de gozo. Sones de cornetas y sensación de estreno envolvían la alegría de vestir por vez primera del blanco de ramos y palmas. Cierro mis ojos y puedo saborear aún aquel caldo de puchero, de las manos trabajadas de mi madre con hierbabuena fresca, entonces obligado, hoy soñado; antes de salir de mi barrio enfilando el centro para cumplir con el rito como niño sevillano. Los primeros nazarenos se cruzaban por el camino en su disparidad cromática, mientras no soltaba la mano de mi padre, con los guantes ya puestos y las manos sudadas con castellanos relucientes absolutamente negros. Mi padre lleva en la otra mano la papeleta sin arrugar, que había presidido durante días la cómoda del salón, botella de agua y su retahíla por el calor que apretaba en una primavera de veraneo que retumbaba en el empedrado de Enladrillada, Goyeneta o Puente y Pellón. Ya en el interior, por el patio de naranjos, las voces de los celadores y diputados de tramos cantaban nombres y apellidos como pedrea de San Ildefonso en el preludio de la inminente salida a una plaza repujada de expectación. Discurro por los quiebros de mi mente y aun puedo sentir el sonido del gran portalón tras el que se abría una ciudad entera y haría saltar un año más las costuras del alma de una mañana que vuelve a ser primera vez, como hace siglos, en el mismo lugar, en la misma plaza. Mi panza sobresalía con cierta anarquía con el crujido del envoltorio de los caramelos Solano que iría repartiendo Cuna, Lasso de la Vega arriba al encuentro del Duque y, por fin, La Campana. El Sol en todo lo alto se reflejaba en el terciopelo tinto de balcones y plaza. Casi que puedo sentir el calor de mi respiración tras el antifaz que cubría mi rostro de mis cuatro y cinco años con los ojos abiertos de par en par, empapado de la curiosidad y en un mar de caras que en secuencia fui deslizando ante la perspectiva de un capirote apuntando al cielo azul inmaculado. Aún, si me empeño, puedo ver a mi madre días antes cosiendo, con el mismo dedal de mi abuela Concha, la roja cruz de Santiago y el sonido del vapor de la plancha a destajo que le remataría de almidón y esmero. Al llegar del colegio ya vivía esa víspera, descontando días del calendario impaciente, recreándome una y otra vez ante el bodegón de perchas pendientes del pomo del altillo, desde el que se podía ver los calcetines doblados, el esparto que ceñiría mi túnica de cola y el contraste del cordón morado y grana de la medalla con el Cristo del Amor para no ser olvidada con las prisas de la gran mañana de los niños de Sevilla. Vuelvo mi mirada atrás y, aunque los años pasaron, sigue llegando el Domingo de Ramos cada primavera, tiempo bandera de Sevilla, con ese nerviosismo contenido de aquel niño que se reencuentra con su infancia y con su niñez en esa
«HOY AQUEL «JUEGO» DESEMBOCÓ EN EL PILAR FUNDAMENTAL DE MI EXISTENCIA»
vuelta a los orígenes que significa también la Semana Santa, porque vive y revive en mí desde que tengo uso de razón. Los años, la vida, la formación fueron transformando aquel rito en un ejercicio espiritual. Se fue tornando en un acto de fe y sacrificio ya en la Hermandad de mi casa con aquella chispa que nació aprendiendo cada noche el Padrenuestro y el Avemaría antes de dormirme y fueron forjando unos cimientos con Dios en el centro. Pero qué duda cabe de que aquel envoltorio de tradición custodiaba en el fondo una catequesis de colores, de aromas, de sonidos que fueron idílicamente despertando algo muy grande y profundo que me acompañaría en todos los envistes de la vida para hacerme persona y prepararme como hijo de un único Padre de todos aquellos infantes que como un juego se revestían de nazarenos. Mis padres, cada uno en su rol, fueron conduciéndome al mayor regalo que me pudieron legar, después de la propia vida, que es la fe en Dios y en Su Bendita Madre, con rostros y nombres concretos. Hoy aquel «juego” desembocó en el pilar fundamental de mi existencia. Hilvano esta cofradía de frases lejos de pretender erigirme en una especie de amago de predicador. Ya para eso hay un puñado de osados sueltos, sin oficio ni sotana, con un manejo de teología de andar por casa, que camuflan de una especie de oratoria sentenciadora aspirando a dictar leyes dogmáticas para apuro de cualquier mente sensata o prudente. No estamos muchos para dar ejemplo de casi nada. Esta ciudad mariana y pregonera se presta con manifiestos de soslayo en perfiles y redes sociales de toda índole. En mi caso, no persigo con esta tribuna más que compartir un suspiro entre líneas por el exceso de mi memoria para desandar juntos unos pasos que, como tantos, nos devuelven a aquel camino de blanco impoluto, hoy como ayer, bajo aquel y este mismo sol, iniciándonos en nuestra doctrina de Fe. Me nace en este tramo de papel y tinta volver a ser aquel niño, que no iba de vuelta, sino de la mano de mi padre en la nostalgia de volver a tomar ese aire fresco y nuevo que me inició en lo que hoy soy y del que vengo. Volver a respirar esa inocencia que estrenaba un día y que olvidé hasta hoy en el cajón de los años para sentir de nuevo aquella primera vez.
«MIS PADRES, CADA UNO EN SU ROL, FUERON CONDUCIÉNDOME AL MAYOR REGALO QUE ME PUDIERON LEGAR, DESPUÉS DE LA PROPIA VIDA, QUE ES LA FE EN DIOS Y EN SU BENDITA MADRE»
















