15 Abr, 2025 | cartas del director

«Lo grandioso de esta ciudad reside en lo cotidiano»

Semana Santa en Sevilla. Una vez más hacemos ese viaje a lo más profundo de nuestro ser como sociedad, a la pureza de nuestro credo, a lo más atávico del sevillano y su vida absolutamente entera. La Semana Santa y Sevilla es un binomio identitario inseparable. Supone una reafirmación emocional, espiritual, que condiciona el ser natural de los sevillanos para el resto del año, para toda la vida. Pese a que lo extraordinario de un tiempo a esta parte se haya convertido en cotidiano, la Semana Santa sigue siendo una espera de doce meses. Sevilla vive en una continua espera para encontrarse con Dios por sus calles, llena de siglos, llena de leyendas, historias, plegarias, miradas, gestos, sonidos, aromas. Por sus calles el sevillano se encuentra con el Hijo de Dios y en el nombre del Padre se dan estampas que aun siendo efímeras permanecen para siempre en sus retinas, en la memoria de hoy y de los sevillanos de ayer. Lo grandioso de esta ciudad reside en lo cotidiano, que tiene asumida la convivencia con Dios por todas sus partes. Azulejos de balcones, fotos enmarcadas de tabernas, estampas de carteras… En Sevilla está Dios por todos sus rincones, llenando de divinidad hasta el mismísimo suelo mundano. ¡Y su Madre! Ciudad de María a La que se habla de Tú, siendo la Reina por las que los Reyes reinan. Una Semana Santa nueva llega con olor a estreno perenne, popurrí de esencias candentes desde los incensarios al cielo azul de la vieja ciudad y todos volvemos a los rincones de siempre, a la niñez que nos formó como hombres y mujeres de luz y vida de una tierra única que no se parece a nada en el mundo, sin lugar a dudas. Sevilla siempre es más Sevilla por Semana Santa y en el nombre del Padre se trabaja nada más pasar la Cabalgata del Ateneo a pleno rendimiento en nuestras hermandades y cofradías, en un trabajo coral y orquestado para llegar a tiempo, sin aparente prisa, con precisión suiza a las citas y convocatorias, ritos y cultos que, en nombre de Dios, fieles y paganos asumen con compromiso común de una sociedad ajena a las modas en esencia. Costaleros, acólitos, nazarenos, capataces, bandas, saeteros, camareros, limpiadoras, servidores, muñidor, hoteleros, diputados de tramos, enlaces, celadores, contraguías, aguaores, la Roma Imperial y sus lateros, y todo el Clero asume su papel, abriendo las viejas alcobas, altillos, roperos, lecturas del Evangelio, para renovar, de dentro hacia fuera, y desempolvar, sacar brillo y lustre a esa función colectiva de un Pueblo sabio que reza en lo cotidiano y en la intimidad del Sagrario. Sevilla es atemporal. Sevilla es siempre la misma. Los sevillanos somos los mismos de ayer, porque esta fiesta religiosa transversal es en esencia la que escuchamos de nuestros mayores, y ellos a su vez de nuestros antepasados. Sevilla en Semana Santa es la misma ciudad que conocieron mis abuelos y el Rostro del Señor y de la Virgen nos hace conectar con toda nuestra casta y con el cordón umbilical de la Fe de nuestros mayores, única verdadera. La Semana Santa, pese a la evolución innegable que imponen los tiempos, sigue siendo la ciudad donde crecimos como hombres y mujeres de Iglesia, en una difícil convivencia de lo religioso y lo mundano, de capillas y balcones. A fin de cuentas es de lo que estamos hecho y El Mismo Hijo de Dios en el nombre del Padre quiso compartir la condición humana para revelarnos el Mensaje de Salvación y Resurrección que supuso Su vida y Su Pasión. Jesús se hace de madera en cada chicotá por nuestras calles para revelarnos, con el mismo significado de hace dos milenios en Jerusalén, que murió para salvarnos, y lo hace divinamente entre naranjos y azahar, que es la manera que el Pueblo de Sevilla pide su conversión y salvación. Cornetas al cielo y el racataplán de sus tambores nos remueven por plazuelas, callejones y calles lo más íntimo de nuestro ser como creyentes, imperfectos, pero hijos de Dios y de Su Bendita Madre, Esperanza de los mortales. Sevilla vive en estos días por y para cobrar su propio sentido como sociedad con Dios omnipresente, sin aspirar a la lógica, ni a reconciliarse con los tiempos que corren, donde todo invita a no complicarse la vida. Vivan despiertos el privilegio que Sevilla les brinda. Todo en estos días en Sevilla se hace en el nombre del Padre.

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