10 Ago, 2026 | Blog

Un idilio de fe, historia y tradición

Cada siete años, la Virgen del Rocío abandona su santuario en la aldea para trasladarse hasta la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción, en la villa de Almonte, en un acontecimiento que trasciende lo devocional para convertirse en una auténtica expresión de identidad colectiva.

Más que un traslado, la conocida como Venida constituye el reencuentro entre un pueblo y su Patrona. Es una tradición profundamente arraigada que ha sabido conservar su esencia mientras incorporaba el paso del tiempo sin perder su significado. Como documenta el investigador almonteño Javier Coronel, esta celebración constituye una de las manifestaciones más antiguas y singulares de la devoción rociera, uniendo la aldea y Almonte a través de un recorrido de quince kilómetros cargado de historia, emoción y fe.

DE LAS ROGATIVAS AL SEPTENIO

El origen de los traslados de la Virgen del Rocío responde a las necesidades de un pueblo que, desde finales del siglo XVI, acudía a su Patrona en busca de amparo ante las grandes adversidades. Sequías prolongadas, epidemias o conflictos bélicos motivaban estas solemnes rogativas, convirtiendo cada Venida en un acontecimiento excepcional.

Según documenta Javier Coronel, el primer traslado del que existe constancia se remonta a 1589, cuando las heladas y la escasez de agua llevaron a los almonteños a implorar la intercesión de la Virgen. Durante los siglos posteriores, las circunstancias fueron diversas: desde la epidemia de fiebre amarilla de 1800 hasta la acción de gracias por el fin del cólera morbo asiático en 1855.

La periodicidad que hoy conocemos no quedó fijada hasta 1956. Aunque muchos la consideran una costumbre ancestral, fue entonces cuando se estableció oficialmente que el traslado tendría lugar cada siete años. La decisión respondía al deseo del pueblo de evitar largas ausencias de la Virgen en su santuario, como ocurrió tras la Guerra Civil, cuando permaneció en Almonte durante casi una década. Desde entonces, la Venida se ha convertido en una de las grandes citas del calendario religioso andaluz.

LA PASTORA QUE EMPRENDE EL CAMINO

Uno de los momentos más emotivos del Septenio es la transformación iconográfica de la Virgen. Su imagen, de característica silueta triangular, responde al modelo de las imágenes vestideras barrocas y quedó consolidada durante la época de los Austrias como representación de la Reina del Cielo. Sin embargo, para el traslado a Almonte abandona temporalmente esa solemnidad y se reviste como Pastora, adoptando la imagen de una humilde viajera dispuesta a emprender el camino junto a su pueblo.

La Virgen luce un sombrero adornado con flores silvestres, una saya con verdugado —estructura interior que aporta volumen a la falda—, un manto recogido mediante alforzas, una esclavina o capotillo corto ricamente bordado en oro con motivos vegetales y un amplio capote que protege la Imagen durante el recorrido.

El trayecto discurre por el histórico camino de Los Llanos y conserva uno de sus rituales más emocionantes. El rostro de la Virgen permanece cubierto por el tradicional pañito, destinado a protegerla del polvo de la marisma, una costumbre documentada desde el siglo XVIII. Al amanecer, cuando la comitiva alcanza el Alto del Molinillo, el pañito es retirado entre salvas de escopetas, vivas y una emoción compartida que convierte ese instante en uno de los momentos más sobrecogedores de toda la celebración.

LA PÓLVORA SE CONVIERTE EN ORACIÓN 

Uno de los rasgos más característicos de la Venida son las salvas de honor realizadas con escopetas. Estas descargas constituyen una de las expresiones más singulares con las que los almonteños anuncian y celebran la llegada de su Patrona. Según documenta Javier Coronel, esta tradición forma parte de los traslados desde el siglo XIX, aunque hunde sus raíces en antiguos rituales militares que el pueblo terminó incorporando a su propia religiosidad. 

A lo largo del tiempo se han utilizado escopetas pateras, trabucos y, más recientemente, armas de caza de retrocarga para rendir homenaje a la Virgen. La primera referencia documental de estas salvas en el contexto mariano data de 1902, cuando los disparos acompañaban la Marcha Real y el repique de las campanas durante la entrada de la Imagen en la parroquia. 

Mucho antes, la pólvora ya había formado parte de los grandes acontecimientos de la villa, como la recepción al duque de Medina Sidonia en 1808 o la proclamación de la Constitución de Cádiz en 1812. 

A este lenguaje festivo se suma también la tradición pirotécnica. Los fuegos artificiales gozaban de tal popularidad en la romería del siglo XVIII que la Casa Ducal de Medina Sidonia llegó a prohibirlos temporalmente tras varios incendios provocados en el coto. En los traslados, la utilización de pirotecnia municipal está documentada desde la Venida de acción de gracias de 1887, cuando ruedas voladoras y cohetes recibieron a la Virgen tras la desaparición de la epidemia de cólera.

LAS MUJERES DE LAS PROMESAS

Entre las protagonistas silenciosas del Septenio destacan las conocidas como abuelas almonteñas, herederas de una tradición transmitida de generación en generación. Son ellas quienes custodian y portan durante el recorrido los valiosos enseres de la Virgen, entre ellos las coronas, las ráfagas y las medias lunas que forman parte de su patrimonio devocional.

Esta tradición, de carácter profundamente votivo, nació tras la Guerra Civil. Así lo reflejan diversos testimonios orales y una fotografía de la Venida de 1939, en la que aparece un grupo de mujeres mayores portando estos enseres como cumplimiento de promesas por la salvación de sus familiares durante el conflicto. Junto a ellas caminaban miembros de la Hermandad de Huelva y varios hombres que sostenían grandes faroles para iluminar el recorrido nocturno.

Más allá de custodiar un patrimonio artístico de enorme valor, estas mujeres representan la memoria viva de Almonte y simbolizan la continuidad de unas promesas nacidas del sufrimiento, la esperanza y el agradecimiento.

NUEVE MESES DE DEVOCIÓN

La llegada de la Virgen transforma por completo la vida cotidiana de Almonte. Durante aproximadamente nueve meses, la Imagen permanece en la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción mientras la villa vive un tiempo extraordinario de cultos, visitas y manifestaciones populares de fervor.

También cambia la propia fisonomía del municipio gracias a la arquitectura efímera levantada para la ocasión. Los tradicionales Arcos de Triunfo, que durante el siglo XIX se construían con troncos y romero, evolucionaron hasta convertirse en auténticas obras de arte realizadas con madera, papel rizado y complejas estructuras ornamentales.

El gran salto artístico y técnico llegó de la mano del carpintero Juan Muñoz Fernández, «El Zagalejo», quien introdujo innovadores armazones de madera y alambre revestidos con papel de seda rizado, sentando las bases de los actuales templetes monumentales.

Su legado fue continuado por artesanos como Matías Aceitón Vega y Juan Antonio Acosta Báñez, autores de algunas de las composiciones efímeras más recordadas del Septenio. En las ediciones más recientes, la incorporación de nuevas soluciones constructivas, estructuras metálicas y sistemas de iluminación ha demostrado que tradición e innovación pueden convivir en perfecta armonía.

UN REGRESO QUE ANUNCIA UN NUEVO COMIENZO

Días antes del regreso a la aldea, la Virgen recorre por última vez las calles de Almonte revestida con sus galas de Reina. Una semana antes de Pentecostés emprende de nuevo el camino hacia su santuario, donde permanecerá hasta el siguiente Septenio.

Con ese recorrido se cierra un ciclo que trasciende el calendario. Porque en Almonte el Septenio no es solo una medida del tiempo, sino la renovación de un vínculo que ha unido durante siglos a un pueblo con su Patrona. Una promesa que vuelve a cumplirse generación tras generación y que mantiene viva una de las tradiciones religiosas y culturales más singulares del patrimonio andaluz.


TEXTO: FERNANDO COPETE FOTOGRAFÍA: CEDIDAS POR JAVIER CORONEL

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