Una casa-palacio de aquella Sanlúcar abierta al Nuevo Mundo
En Sanlúcar de Barrameda, ciudad que fue puerta de Europa y punto de partida de antiguas expediciones al Nuevo Mundo, encontramos la Casa de Moreda —conocida también como la Casa de Manjón—. Tras sus muros se suceden más de cuatro siglos de historia: comerciantes llegados desde Galicia, capitanes de la carrera de Indias, familias aristocráticas y una arquitectura concebida para hacer visible el ascenso de un linaje.
Los Moreda llegaron a Sanlúcar en la segunda mitad del siglo XVI procedentes de Villadaite, en la actual provincia de Lugo. Como tantas otras familias de aquella época, encontraron en la ciudad un territorio de oportunidades, donde el río conducía hacia Sevilla y el océano abría la ruta hacia América. En apenas unas generaciones, consolidaron su posición hasta convertirse en importantes comerciantes y capitanes de la carrera de Indias. En 1663 obtuvieron el reconocimiento de su hidalguía. La prosperidad había encontrado su lugar en un linaje que supo dejar huella.

UNA CASA QUE REFLEJA LA SOLIDEZ DE UNA FAMILIA
El 8 de mayo de 1662, el capitán Juan Pérez de Moreda Méndez adquirió la propiedad del entonces llamado Pradillo de San Juan, donde ya Marcos de Moreda en 1594 adquirió un trozo de solar en la misma manzana. Su intención no fue únicamente habitarla. Inició una profunda reconstrucción y ampliación para convertirla en una residencia capaz de representar el lugar que la familia había alcanzado en la sociedad sanluqueña.
Las obras se prolongaron durante años y, en 1688, la casa quedó vinculada al mayorazgo familiar. Un año después, el solar se completaría con la adquisición de un terreno trasero destinado a dependencias secundarias, entre ellas una bodega. La casa era residencia, patrimonio y símbolo de continuidad.
La Casa de Moreda ocupa una larga manzana entre la actual Plaza de la Salle y las calles Ganado y San Miguel. Su planta se organiza en forma de U alrededor de un gran patio principal, con arcos de medio punto sobre columnas toscanas y galerías que articulan la vida de una gran residencia. El apeadero, los patios de servicio, los balcones y las dependencias interiores respondían a una manera de vivir en la que la representación social convivía con la intimidad familiar y la actividad económica.
La fachada principal, de unos treinta y seis metros de longitud, su portada, el escudo de los Moreda, el mirador, los balcones y los cierres construyen una imagen de orden y solidez.
Su galería, formada por diecisiete arcos carpaneles, permitía observar el horizonte y ventilar las cubiertas. Desde allí, la mirada alcanzaba el entorno de la desembocadura del Guadalquivir, el mismo paisaje fluvial y marítimo que durante siglos conectó Sanlúcar con Sevilla y con las rutas hacia América.
Parte de la historia de la casa-palacio está escrita precisamente sobre su fachada. Durante siglos, bajo sucesivas capas de cal y pintura, permaneció oculta una rica decoración barroca ejecutada entre 1713 y 1750. Su recuperación permitió descubrir algo más que un antiguo ornamento: la voluntad de transformar visualmente una construcción de ladrillo en una arquitectura de piedra. El esgrafiado geométrico, inspirado en modelos de la tradición arquitectónica italiana, generaba un efecto ilusionista de profundidad y relieve. El dibujo, las policromías y el juego de luces y sombras convertían la fachada en una arquitectura imaginada.
Entre junio y octubre de 2025, el ornato fue recuperado mediante un minucioso trabajo de recreación realizado por los artesanos sanluqueños.


LOS APELLIDOS DE LA MEMORIA
La historia del inmueble continuó después de los Moreda. En 1694, la herencia pasó a su ahijado Juan Francisco Corbalán Echevarría, y durante su matrimonio con Isabel Reinoso se encuadra buena parte de la ejecución del ornato barroco de la fachada. Más tarde, la casa pasó por otras ramas familiares hasta llegar a los Manjón, que consolidaron la propiedad de la manzana en el siglo XIX.
Entre sus propietarias ilustres figuró Doña Regla Manjón, VI Condesa de Lebrija, una de las grandes personalidades de la aristocracia y la cultura andaluza.
La casa conserva todavía algunas de las huellas de aquellos linajes. En su escalera se encuentran un escudo de armas pintado y una lápida de mármol que recuerda el origen del mayorazgo y la adquisición de la propiedad por Juan de Moreda. Son pequeños testimonios que permiten escuchar, todavía hoy, la voz de quienes la habitaron.
A comienzos del siglo XX, entre 1915 y 1916, Pedro Armero Manjón, conde de Bustillo, derribó una de las antiguas bodegas para dar lugar al actual jardín trasero.


UNA CASA QUE SIGUE VIVA
Pero la Casa de Moreda no pertenece únicamente al pasado. Tras sus muros continúa desarrollándose una vida familiar comprometida con la conservación de este legado.
Hoy, la propiedad pertenece a la familia De León Domecq, que mantiene la casa como residencia de verano y lugar de encuentro. Cuando llega esta estación, sus espacios recuperan otra cadencia: las estancias vuelven a llenarse de conversaciones, las sobremesas se alargan y el jardín se convierte en escenario de reuniones familiares.
Los niños descubren entre sus habitaciones, patios y jardines los mismos rincones que otras generaciones recorrieron antes que ellos. La casa deja entonces de ser únicamente patrimonio para convertirse, una vez más, en hogar.
La Casa ha terminado convirtiéndose en algo muy valioso: un fragmento vivo de la memoria de Sanlúcar de Barrameda. Una casa-palacio que nació mirando hacia el Nuevo Mundo y que, más de cuatro siglos después, continúa mirando al futuro sin dejar de custodiar aquello que el tiempo quiso llevarse.
TEXTO: FERNANDO COPETE FOTOGRAFÍA: GERARDO MORILLO


















