10 Nov, 2025 | cartas del director

«AMOR PORPIO ES PONER LÍMITES, PERO NO MUROS»

Amor propio es aprender a escucharse. Es un acto de lucidez, pero también de fe. Es mirarse con ternura, como quien se reencuentra tras un largo extravío interior. No es soberbia ni vanidad: es volver a casa. Es descubrir quiénes somos cuando el ruido calla, qué nos nutre y qué nos resta. Amor propio es saber distinguir entre lo que nos sostiene y lo que nos desgasta, y tener la elegancia de elegir la paz, aunque duela.
Amor propio es proteger la serenidad como se cuida un jardín. Implica cerrar la puerta a lo que roba luz, incluso cuando se presenta con buena educación. Es evitar a las personas drenantes, esas que en una reunión o conversación acaparan la energía, el aire y la atención. Es tener la intuición de percibir cuándo una presencia pesa más de lo que aporta y la madurez de retirarse a tiempo, sin ruido ni resentimiento. No todo el mundo merece quedarse. No todos los vínculos están llamados a ser eternos.
Amor propio es elegir conscientemente dónde estar, con quién estar y en qué invertir nuestras horas, que son sagradas. Es escuchar la música que a uno le conmueve, no la que complace a la mayoría; beber el vino que a uno le gusta, sin pedir permiso; compartir el tiempo con quienes nos hacen reír y nos devuelven la calma. Amor propio es no permanecer ni un instante donde el alma no respira, donde la conversación se vuelve fingida o el afecto, obligación.
Amor propio también es no cargar con relaciones caducas, con viajes que ya no ilusionan, con costumbres que se repiten solo por miedo a romper una rutina. La vida es demasiado corta para sostener lo que no vibra. Amor propio es saber decir no con serenidad, sin necesidad de justificarlo. Es tener la valentía de elegir el silencio, la soledad o el cambio antes que la permanencia vacía. Es entender que soltar no siempre es perder: a veces es el único modo de seguir.

«AMOR PROPIO ES QUERERSE MÁS, NO POR VANIDAD, SINO POR RESPONSABILIDAD»

Amor propio es poner límites, pero no muros. Es no permitir la falta de respeto en ninguna de sus formas: ni en el grito ni en la broma hiriente, ni en la condescendencia disfrazada de afecto. Es no permitir que nadie te haga pequeño, ni que te arrinconen las culpas que no te pertenecen. Amor propio es retirarse sin escándalo, sin venganzas, sin explicaciones. Es la elegancia de no insistir donde no se es valorado, ni de mendigar presencia donde no hay deseo de que uno esté.
Amor propio es reconocer y agradecer los lugares donde sí se es acogido: las manos que sostienen sin exigir, las miradas que aligeran los días, los abrazos que no piden permiso. Es asistir solo a donde uno se siente conmovido o comprometido, y no acudir donde el alma no tiene asiento. Es entender que no tenemos la obligación de gustar a todos, ni de estar en todas partes, ni de seguir fingiendo comodidad en escenarios que nos apagan.
Amor propio es ponerse en el centro de la vida, no por ego, sino por coherencia. En el centro del universo —para los creyentes— está Dios, pero en el centro de nuestra existencia debemos estar nosotros, con nuestros sueños, aspiraciones y pasiones. Vivir en coherencia con lo que sentimos es un acto de respeto hacia la vida misma. Es tener la valentía de ser fiel a uno mismo incluso cuando eso signifique decepcionar expectativas ajenas.

«AMOR PROPIO ES PONERSE EN EL CENTRO DE LA VIDA, NO POR EGO, SINO POR COHERENCIA»

Quien se ama a sí mismo no necesita proclamarlo: se le nota en la calma. En cómo elige, en cómo responde, en cómo se aparta de lo que no le hace bien. El amor propio es una forma de espiritualidad práctica: es cuidar el alma como se cuida una lámpara para que siga ardiendo en la noche. No es frialdad ni desapego: es ternura hacia uno mismo.
Y no, el amor propio no es egoísmo. Es gratitud. Es la manera más honesta de agradecerle al Altísimo la vida que nos ha sido dada, protegiéndola de lo que la ensucia. Es rodearse de cosas bonitas, de personas que inspiran, de conversaciones que iluminan, de silencios que curan. Porque lo bello no es frívolo: es alimento del espíritu.

Amor propio es quererse más, no por vanidad, sino por responsabilidad. Porque quien no se cuida no puede cuidar; quien no se respeta no puede respetar; y quien no se ama no puede amar de verdad. El amor propio es la raíz de toda ternura, el origen de toda dignidad.

Y sí, a veces amar(se) exige quedarse solo, aprender a disfrutar del silencio, del paseo sin compañía, del atardecer sin testigos. Es entonces cuando uno descubre que no falta nada, que la compañía más importante es la de uno mismo reconciliado con su historia, con sus luces y sus sombras, con sus pérdidas y sus comienzos.
Amor propio es, en definitiva, el arte de elegirse. De elegir la paz sobre el ruido, la calma sobre la urgencia, la sinceridad sobre la conveniencia. Es el arte de cuidar lo que nos hace bien y soltar lo que ya no tiene sentido. Porque amarse no es un acto de ego, sino de gratitud.

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