Bailaor y coreógrafo: “No siento la tradición como un límite, sino como un suelo firme desde el que impulsarme”
Eduardo Guerrero ha trazado una trayectoria que parte de la disciplina temprana y desemboca en un lenguaje propio, depurado y en constante transformación. Formado junto a nombres esenciales del flamenco y curtido en compañías de referencia, su carrera ha transitado los grandes escenarios internacionales con la misma naturalidad con la que habita espacios no convencionales, convirtiendo cada lugar en territorio escénico. Desde sus primeras creaciones hasta sus propuestas más recientes, su baile ha ido construyendo una identidad reconocible, donde la técnica, la estética y la intuición conviven con una mirada abierta al presente.
En ese recorrido, marcado por grandes hitos, el bailaor gaditano ha alcanzado un momento de madurez en el que la búsqueda se vuelve más íntima y consciente. Lejos de cualquier inercia, su trabajo se sitúa en un punto de equilibrio entre raíz y exploración, donde el cuerpo se convierte en espacio de pensamiento y el flamenco en un lenguaje vivo, capaz de dialogar con su tiempo sin perder su pulso esencial.

¿En qué momento se encuentra Eduardo Guerrero?
Me encuentro en un momento de escucha profunda. Después de muchos años de búsqueda, de afirmación y de ruptura, ahora estoy en un lugar donde no necesito demostrar, sino sostener. Sostener el cuerpo, la experiencia, las preguntas. Es un momento de madurez creativa en el que me permito dudar, ralentizar, mirar con más atención y asumir que el proceso es tan importante como el resultado.
¿Cómo dialoga en su proceso creativo la tradición flamenca con los lenguajes contemporáneos que atraviesan su obra?
Para mí no son dos territorios enfrentados, sino capas que se superponen. La tradición flamenca es mi lengua materna: está en el cuerpo antes que en la cabeza. Los lenguajes contemporáneos llegan como herramientas para formular nuevas preguntas, no para negar lo anterior. El diálogo surge cuando dejo que el flamenco respire, se descoloque, se abra a otros tiempos y a otras formas sin perder su pulso esencial.
Cádiz es una tierra con una identidad muy marcada: ¿de qué manera su origen sigue habitando su cuerpo cuando baila sobre escenarios internacionales?
Cádiz no es un lugar del que yo venga, es un lugar que me atraviesa. Está en la manera de caer, de esperar, de ironizar incluso en los momentos más oscuros. Aunque esté bailando en un gran teatro internacional, mi cuerpo sigue llevando el viento, la sal, el silencio y el descaro de mi tierra. No lo pienso: aparece solo, como una memoria física.


En sus espectáculos hay silencios, quiebros y espacios de riesgo poco habituales en el flamenco más ortodoxo, ¿qué le interesa explorar en esos territorios de incertidumbre?
Me interesa lo que sucede cuando el control se fisura. El silencio, el quiebro, el riesgo son lugares donde el cuerpo ya no puede esconderse detrás de la forma. Ahí aparece la verdad, o al menos una verdad posible. Me atrae ese instante en el que no sé exactamente qué va a pasar y tengo que estar completamente presente.
¿Qué papel juega el cuerpo como herramienta narrativa más allá del compás y de la música?
El cuerpo es un archivo vivo. Cuenta historias incluso cuando no baila, cuando tiembla, cuando se detiene o se agota. Más allá del compás, el cuerpo narra desde la respiración, el peso, la tensión y la fragilidad. A veces dice cosas que la música no puede nombrar.
Muchas de sus creaciones tienen un trasfondo emocional profundo: ¿desde dónde nace esa necesidad de mirar hacia lo íntimo y lo vulnerable?
Nace de la necesidad de ser honesto. Durante mucho tiempo el flamenco ha sido un lugar de fortaleza, de resistencia, y eso es hermoso. Pero yo también necesito mostrar la grieta, el miedo, la duda. Lo íntimo no como confesión, sino como espacio compartido, donde el espectador pueda reconocerse.


¿Cómo convive usted con la idea de respeto a la tradición sin sentirse limitado por ella?
El respeto no está en repetir, sino en comprender. Cuando entiendes de dónde viene algo, puedes decidir hacia dónde llevarlo. Yo no siento la tradición como un límite, sino como un suelo firme desde el que impulsarme. El problema no es la tradición, sino el miedo a moverla.
Cuando se enfrenta a un nuevo proyecto, ¿parte antes de una idea conceptual o de una intuición física?
Casi siempre parto del cuerpo. De una sensación, de una incomodidad, de una pulsión física que no sé explicar del todo. Después llega el concepto, como una forma de ordenar esa intuición. Si empiezo solo desde la idea, el cuerpo se queda vacío; si empiezo desde el cuerpo, la idea acaba encontrando su lugar.
¿Siente que el público de hoy está más preparado para un flamenco que se pregunta y se cuestiona a sí mismo?
Creo que el público de hoy está más dispuesto a escuchar desde otro lugar. No todo el mundo necesita entenderlo todo, pero sí sentir que lo que ocurre en escena es honesto. Hay una apertura mayor a la pregunta, a la incomodidad, al silencio. Cuando el flamenco se cuestiona a sí mismo sin perder su raíz, el público lo percibe y acompaña.
A lo largo de su trayectoria ha trabajado en contextos muy diversos: ¿qué le ha enseñado el diálogo con otras disciplinas artísticas?
Me ha enseñado a relativizar mis propias certezas. El diálogo con otras disciplinas me ha obligado a explicar lo que hago, a despojarlo de automatismos, a escuchar otros ritmos y otras formas de construir sentido. Eso ha enriquecido mi mirada y ha hecho que el flamenco, en lugar de cerrarse, se expanda.
Mirando hacia el futuro, ¿qué caminos le gustaría seguir explorando para que el flamenco continúe siendo, para usted, un espacio vivo y en transformación?
Me interesa seguir explorando el cuerpo como territorio poético, profundizar en la relación entre silencio y movimiento, y generar espacios donde el flamenco pueda dialogar con el presente sin urgencias. No pienso tanto en estilos como en actitudes: mantener la curiosidad, el riesgo y la escucha para que el flamenco siga siendo un lugar donde algo verdadero pueda suceder.
TEXTO: FERNANDO COPETE FOTOGRAFÍA: CEDIDAS POR EDUARDO GUERRERO

















