150 años del arquitecto que soñó Sevilla
Miles de personas cruzan cada día la Plaza de España. Hay quien busca el banco de su provincia, quien fotografía el reflejo de las torres sobre el agua o quien simplemente se deja envolver por la belleza del lugar. Pocos se detienen a pensar que todo aquello nació en la imaginación de un hombre. Y, sin embargo, basta con caminar por Sevilla para encontrarse una y otra vez con su nombre.
No hace falta saber de arquitectura para reconocer la huella de Aníbal González. Está en la elegancia del ladrillo visto, en el brillo de la cerámica cuando cae la tarde, en los patios, en los miradores y en esas fachadas que parecen haber formado parte de la ciudad desde siempre. Y, sin embargo, muchas de ellas apenas tienen un siglo de vida.



Este año se cumplen ciento cincuenta años de su nacimiento. Una efeméride que invita a mirar de nuevo una obra tan integrada en el paisaje sevillano que, a fuerza de verla cada día, casi hemos dejado de preguntarnos quién la hizo posible. Hay aniversarios que sirven para recordar a una figura histórica. Este invita, además, a redescubrir una ciudad.
Cuando Aníbal González regresó a Sevilla tras terminar sus estudios de Arquitectura en Madrid, la ciudad buscaba su lugar en un tiempo de cambios. Mientras gran parte de Europa apostaba por romper con el pasado, él eligió otro camino. Pensó que una ciudad podía avanzar sin renunciar a aquello que la hacía única.
No pretendía copiar la arquitectura de otros siglos. Quería comprenderla. Por eso convirtió el ladrillo, la cerámica, la forja y la madera en materiales contemporáneos, demostrando que la tradición también podía ser una forma de innovación.
Aquella manera de entender la arquitectura encontró su oportunidad con la Exposición Iberoamericana de 1929. Sevilla quería presentarse al mundo y necesitaba construir una imagen capaz de resumir su historia y, al mismo tiempo, mirar al futuro. Aníbal González entendió aquel encargo como una oportunidad irrepetible para contar Sevilla a través de la arquitectura. La Plaza de España fue la respuesta.


Más de un siglo después sigue ocurriendo algo difícil de explicar. Quien llega por primera vez tiene la sensación de conocerla. Quizá porque la ha visto en el cine, en un documental o en una fotografía. Quizá porque forma parte del imaginario colectivo mucho antes de pisarla. Hay pocos lugares capaces de provocar esa familiaridad inmediata.
Pero la Plaza de España no es únicamente un escenario monumental. Es una suma de pequeños detalles: los bancos de cerámica, el canal que abraza el edificio, las galerías, las torres o la luz deslizándose sobre el ladrillo a lo largo del día. Todo responde a una misma idea: la arquitectura no debía limitarse a contemplarse; debía recorrerse, vivirse y permanecer en la memoria.
Sería un error pensar que ahí termina su legado. La Plaza de América, con sus tres pabellones; la delicada silueta de la Capilla del Carmen, a la entrada de Triana, o las numerosas casas regionalistas repartidas por distintos barrios forman parte de una Sevilla que aprendió a expresar su personalidad sin necesidad de levantar rascacielos ni copiar modelos extranjeros.


Hay otra faceta de Aníbal González de la que se habla menos y que, quizá, sea una de las más valiosas. Ninguna de sus obras habría sido posible sin el trabajo de ceramistas, herreros, carpinteros, escultores o canteros. Él entendió que la arquitectura era un trabajo colectivo y convirtió a los artesanos en protagonistas de sus proyectos. Gracias a esa mirada, muchos oficios tradicionales vivieron uno de sus momentos de mayor esplendor y dejaron una herencia que todavía hoy distingue a Sevilla de cualquier otra ciudad.
Las ciudades cambian constantemente. Se derriban edificios, aparecen otros nuevos y cambian las formas de habitarlas. Sin embargo, muy pocos arquitectos consiguen algo mucho más difícil: modificar la manera en que una ciudad se reconoce a sí misma.
Ciento cincuenta años después de su nacimiento, ese sigue siendo el mayor legado de Aníbal González. No solo construyó algunos de los espacios más bellos de Sevilla; ayudó a definir su carácter y le dio un lenguaje propio con el que, todavía hoy, la ciudad continúa presentándose al mundo.
TEXTO: FERNANDO COPETE FOTOGRAFÍA: ANÍBAL GONZÁLEZ PINTO
















