Escritor: “Los únicos límites que tenemos los escritores o, por lo menos, los únicos que yo me impongo, son los márgenes del folio y, a veces, ni siquiera esos”
Fernando Repiso pertenece a esa estirpe de escritores que no llegaron a la literatura por vocación repentina, sino por acumulación de vida. Durante años observó el mundo desde la comunicación institucional y política, ese territorio donde conviven las ambiciones, las contradicciones y las pasiones humanas en estado puro. De aquella experiencia ha extraído una mirada aguda sobre la condición humana que hoy traslada a sus novelas, construidas con la misma atención a los claroscuros que habitan las personas.
En esta conversación con Escaparate, Repiso habla de literatura, de Sevilla y de esa necesidad ancestral de contarnos historias para entender quiénes somos. Lo hace con la misma naturalidad con la que escribe, reflexiona sobre los excesos de nuestro tiempo y describe a Sevilla como una ciudad que ama y combate a partes iguales. Hay en sus respuestas la lucidez del observador, pero también la pasión intacta de quien sigue contemplando la escritura como un acto de libertad. Quizá por eso sus palabras dejan la sensación de que, más allá de las tramas, los personajes o los géneros, lo que verdaderamente le interesa es explorar ese territorio complejo y fascinante donde la realidad y la ficción terminan por confundirse.

¿Después de varios años construyendo historias desde distintos ámbitos de la comunicación, en qué momento personal y creativo siente que se encuentra actualmente?
A pesar de que muchas veces la realidad se empeñe en llevarme la contraria, soy de los que suelen ver el vaso medio lleno. Pero resulta que, además, mi realidad personal y creativa en estos momentos es de auténtica luna de miel: acabo de publicar nueva novela y, a final de año, si todo va según lo previsto, se estrenará la película basada en la primera, 6 mujeres 6 (aunque en la pantalla se titulará La gran calumnia). Por tanto, insisto: a pesar de los tiempos que corren, estoy feliz.
La escritura ha estado presente en su vida durante mucho tiempo. ¿Recuerda cuándo descubrió que las historias no solo le apasionaban como lector, sino también como creador?
Antes de ser escritor, fui y sigo siendo lector. Soy incapaz de precisar en qué momento comencé a leer, pero le puedo asegurar que yo era un niño muy muy pequeño. En cuanto a escribir, lo he hecho durante toda la vida. Siendo un adolescente ya gané un par de certámenes de relatos. Pero, fíjese, me daba muchísimo pudor que me leyeran. No fue hasta hace unos siete u ocho años que empecé a soltar ese lastre. Repito: me sigo considerando lector antes que escritor, y no es una falsa modestia. También le digo que uno de los aspectos que más valoro de esta maravillosa actividad de fabular es que puedo enmendar la realidad. No hay nada como tomar una anécdota que hayas vivido, leído o que te hayan contado y darle forma hasta convertirla en una historia. Nada más satisfactorio que insuflarle vida a un personaje o, por qué no, matarlo. La literatura te permite ser todopoderoso. Los únicos límites que tenemos los escritores o, por lo menos, los únicos que yo me impongo, son los márgenes del folio y, a veces, ni siquiera esos.


Su trayectoria profesional ha estado muy vinculada a la comunicación institucional y política. ¿Qué le ha aportado esa experiencia a la hora de observar y comprender la condición humana?
Efectivamente, durante unos quince años tuve la oportunidad de trabajar para políticos. He de decir que, aunque la política esté muy denostada (interesadamente, por parte de ciertos sectores de la política, todo hay que decirlo), sigo siendo un apasionado y defiendo su necesidad. Mire, hay un ensayo magnífico del físico Vicent Botella y del filósofo Javier López, titulado Por qué pensamos lo que pensamos, en el que explican que nuestra evolución como especie se produce en gran medida gracias a la cooperación. Sin ella, no seríamos humanos. Seríamos otra especie, pero humanos, no. Y eso, la cooperación, es para mí en definitiva la política, en el sentido etimológico y aristotélico del término, como el estudio de la organización, el gobierno y la vida en sociedad. Luego están las instituciones que se ocupan de la política, donde se desempeñan las personas que se dedican a la gestión de la cosa pública, algunos mejor y otros no tanto.
Pues bien, trabajar en ese ámbito me otorgó una posición privilegiada para observar de cerca a muchísimas personas, hombres y mujeres, con sus virtudes, defectos, pasiones, miedos, rencores, alegrías, ansias de poder y de hacer cosas por los demás, también sus alianzas, sus desavenencias, sus sacrificios personales y familiares, sus miserias, sus días pletóricos y los más grises… en fin: ¡la vida misma! Algo así como un laboratorio de realidad concentrada.
Acaba de presentar «Manual para construir un infierno«. ¿Cómo nació esta novela y qué inquietudes personales o sociales le llevaron a escribirla?
Esta novela la protagoniza el inspector Iván de Pablos, al igual que la anterior, Las agujas de la noche (ed. Planeta). Nunca me planteé un nuevo caso del inspector, pero resulta que el personaje gustó mucho. Es un tipo muy peculiar, un antihéroe de manual: politoxicómano, promiscuo, bisexual, adicto al sexo, malhablado, malencarado… y muy humano. Por otra parte, considero que la novela negra es el vehículo perfecto para abordar temas sociales de actualidad. En Manual para construir un infierno, la trama delictiva me lleva a hablar de la homofobia en el fútbol, de la gentrificación, de la turistificación, de la corrupción, de los nuevos modelos de relaciones personales y familiares, etc. La realidad no es solo un contexto para el crimen. Forma parte del crimen.
Sus libros suelen explorar las contradicciones, los deseos y las fragilidades de las personas. ¿Qué le interesa especialmente de esos territorios más íntimos del ser humano?
Eso es la literatura, ¿no? Llevamos milenios contándonos historias, pero no por el mero hecho de entretenernos los unos a los otros, que también, sino, sobre todo, por entendernos en nuestra diversidad y en nuestra complejidad como seres humanos. Nadie es bueno todo el tiempo ni malo todo el rato. Como personas, no somos entidades planas, sino poliédricas y cargadas de claroscuros, con abundancia de claros o de oscuros según cada cual y en según qué contexto, situación o circunstancia.


Sevilla aparece de una u otra forma en gran parte de su universo literario. ¿Qué papel desempeña la ciudad en su proceso creativo y en su manera de contar historias?
Hay dos motivos fundamentales por los que elijo Sevilla como escenario e, incluso, como un protagonista más de mis novelas. Uno, porque es mi ciudad. Madrid, Barcelona, Nueva York, Berlín o Tokio son ciudades en las que también he estado, algunas, como Madrid o Barcelona, con frecuencia, pero no puedo decir que las conozco tan a fondo, no las siento como mi territorio vital o familiar. Claro que podría escribir una novela que transcurriera en ellas, o, ya puestos, en Marte, para eso está la imaginación, pero no sería lo mismo, sentiría que estoy inventando. Y dos, porque Sevilla es un escenario único y maravilloso para una novela. Es una ciudad con una imagen de marca sumamente identificable, intensa en sus tópicos, excesiva, exótica, atemporal y extemporánea, una ciudad a la que quiero tanto como a veces detesto, en la que te fríes de calor en verano, pero donde la humedad te mata si el invierno viene crudo. Una ciudad romana, barroca, mariana, pija y obrera. Una ciudad con aires de grandeza que, sin embargo, alberga algunos de los barrios más pobres de España y de Europa. Una ciudad con turistas a punta pala, con una identidad lingüística fabulosa, con un legado cultural y patrimonial inabarcable, con algunos de los elementos que han dado cuerpo a los estereotipos románticos andaluces y españoles… Y mucho, mucho, mucho más. Cómo obviar su idoneidad como escenario para el crimen, para una historia de amor universal, para una pesadilla de terror, para una tragedia familiar, para una comedia cosmopolita y contemporánea.
Como escritor, ¿cree que la literatura sigue siendo una herramienta capaz de ayudarnos a comprender mejor el mundo que habitamos?
En mi opinión, el tópico de que la realidad supera a la ficción es hoy más evidente que nunca. La vuelta a la guerra en territorio europeo. La inestabilidad global. El tsunami (tecnológico, social y económico) que está suponiendo la IA. La expansión de la ultraderecha. La proliferación de terraplanistas, antivacunas y negacionistas del cambio climático. La amenaza atómica de Irán (igual de fantasiosa que las armas de destrucción masiva de Irak en su día). Si uno lo piensa bien, Netanyahu, Trump o Milei son más inverosímiles que 1984, Black Mirror o El cuento de la criada.
¿Cómo es Fernando Repiso cuando se enfrenta a una página en blanco? ¿Predominan la disciplina, la intuición o una combinación de ambas?
En mi vida, en mi día a día, soy muy caótico en general. Suelo decir, medio en broma, medio en serio, que tengo un TDAH no diagnosticado. Hablo muy rápido, tiendo a divagar, me voy muchas veces por las ramas… sin embargo, cuando me siento a escribir, lo primero que hago es planificarme bien: escribo una biografía de cada personaje, cómo van a ser sus arcos narrativos, detallo una secuenciación completa de la historia, cuál va a ser la trama principal y cuáles las secundarias, etc. Esto me suele llevar unos meses. Cuando ya lo tengo todo más o menos atado, empiezo a escribir y, para ello, me someto a una rutina de X horas al día. Por último, me encanta corregir. Le Escaparate | 39
doy mil vueltas al texto, aunque nunca quedo satisfecho con el resultado. Soy incapaz de releer un libro mío ya publicado sin encontrar un adjetivo inadecuado, una coma fuera de sitio, una frase desordenada. Con todo y con eso, siempre me permito abrir grietas por donde dejo que se cuele la improvisación. Han sido muchas las veces en ese camino en las que, por ejemplo, un personaje a priori secundario ha ganado protagonismo o al revés: ese otro al que yo le tenía cariño ha acabado arrojado a la papelera de Windows (y con borrado permanente).
TEXTO: FERNANDO COPETE FOTOGRAFÍA: JAVIER CARÓ

















