FIRMA INVITADA
España en este último mes de junio ha vivido, quizá, uno de los momentos más importantes de su historia reciente. El Papa, Su Santidad León XIV, ha visitado España a principios del mes de junio constituyendo así el primer viaje apostólico de un pontífice a nuestro país en quince años.
Si algo ha quedado reflejado por parte de los españoles es que tiene una juventud que promete, que se mueve y que, sin lugar a dudas, tiene muy claro dónde tiene depositada su fe. España ha sabido recibir al Papa de la mejor manera, cada ciudad con su estilo: desde las masas en Madrid hasta la sencillez en Canarias, pasando por la espectacularidad de Barcelona con la coronada Sagrada Familia. Sobre todo en la capital española se comprobó (por otra parte, una vez más) cómo los españoles tienen muy pero que muy clara su fe, a pesar de lo que puedan decir según qué estadísticas. Esta visita llegaba en la cola de una ola de titulares de prensa y televisión en los que se hacía referencia a cómo los jóvenes están empezando a recuperar su fe en Cristo y a reencontrarse con la Iglesia, si alguien tenía alguna duda de ello, las mareas de gente en la Castellana, en Cibeles y en todo el centro de Madrid, la habrán despejado sin duda.
En un momento de nuestra historia y de nuestra sociedad en la que los jóvenes viven sobrecargados de información y recibiendo constantemente mensajes de relativismo, de que todo vale o que todo da igual, según se mire, de individualismo, de divisiones de todo tipo, el Papa ha venido a España para lanzar un mensaje de la importancia de la vida por encima de todo, de la importancia y del valor de la persona por encima de cualquier cosa, de la necesidad que tiene el mundo de personas y jóvenes comprometidos, que opten por “alzar la mirada”, de que por delante de todos y cada uno de los males que puedan acecharnos hemos de saber que Dios nos amó primero.
“Primero el amor, luego la técnica” rezaba la frase que Gaudí que iluminó el cielo de Barcelona en la inauguración de la Sagrada Familia. Primero el amor y luego todo lo demás me atrevería a decir, luego los cálculos, las estadísticas, las divisiones, las banderas, las ideologías.
Aún con la repercusión de todos los actos, sin duda, el que ha sobresalido por encima de todos ha sido el discurso en el Congreso. En ese discurso, como en otros, hemos podido ver a un hombre que, con todos sus discursos escritos, pretende medir todo cuanto sale de su boca pero que no quiere dejarse nada por decir. Hemos visto a un hombre que, con la importancia que le da su cargo, no tiene miedo en decir las cosas más claras que nunca en este momento social y político: habló de la inmigración y de todas las aristas que tiene el problema, habló de la famosa “polarización”, habló del aborto y la eutanasia y, por supuesto habló de las personas y de la vida, que, en muchas ocasiones, son precisamente a lo que menos importancia se le da a la hora de tomar decisiones. Con ese discurso, consiguió que, durante siete minutos, el conjunto de diputados que componen la Cámara aplaudieran, seguramente sin saber por qué aplaudían, a un hombre que desde el estrado contó cuáles son las verdades más profundas del ser humano y cuál es la importancia real de las personas.
Ojalá nos creamos todo cuanto ha dicho León XIV en España: que las personas merecemos la pena, que Dios nos ama primero, que la Vida merece ser vivida, que la familia es el primer motor social y, por encima de la familia, ¡los Matrimonios que se quieren y que dan vida y su vida!
Ojalá y cada día, al menos por siete minutos, nos traslademos a ese día en el congreso, al silencio imposible y rompedor en el paseo de la Castellana, a contemplar otra vez un trozo de pan paseando por Madrid.
Ojalá dediquemos, al menos siete minutos a, como pedía el Papa, “buscar la Verdad”.

TEXTO: ENRIQUE GALÁN
















