22 Ene, 2025 | cartas del director

Siempre en la vida hay que tener la cautela que nuestras limitaciones nos permitan para saber el suelo que se pisa. No siempre es firme, ni siempre es seguro. El suelo metafórico es importante para poder andar y avanzar. Caminamos haciendo camino por veredas de la vida, por llanos y montes, sorteando obstáculos. El calzado juega su papel, tanto como la preparación física. Hay que tener fondo. Las fuerzas y la capacidad tienen tanta importancia como la vista y la conciencia. No la conciencia como recurso catecumenal, existencial o filosófico. La conciencia de lo que somos, hacia dónde vamos, con qué argumentos lo sustentamos y con un análisis de nuestras debilidades, capacidades y fortalezas para no meternos por caminos inciertos. El tiempo es el que cura, y es el tiempo el que nos pone a todos en nuestro sitio. A veces, queremos correr más de la cuenta y comprender situaciones que aún no han terminado de darse para ver con perspectiva y que salga a la luz todo lo que debe salir. Las prisas, en general, no son buenas. Recuerdo siempre al gran Pepe Pineda cuando decía que no conocía a nadie importante con prisa. Un loco incomprendido de nuestra ciudad que me dio grandes reflexiones con copa de manzanilla y la mirada nostálgica de quien ganó y perdió a tiempo parcial, pero que siempre fue un mismo criterio. Siempre fue fiel a él mismo. Pagó por ello. Sufrió por ello, pero disfrutó a lo grande a cuenta de ello. Pues en el sentido del saber dónde pisamos, que nunca pisar más que al suelo, viene la importancia del saber dónde sentarse. Mis amigos más rurales hablan de una expresión que engloba mucho y que me gusta más, lo de “poner la era”. “A buen sitio has ido a poner la era”. Sentarse en el sitio de uno es fundamental. Hará 20 años desde que salí de la universidad el próximo verano y, en este tiempo, me he esforzado por aprender donde estaba mi sitio en cada caso, profesionalmente hablando. Otro día hablaré en clave más personal. En estas dos décadas he vivido la comunicación y las relaciones públicas desde distintos momentos, distintas facetas y con escenarios dispares. En todos ellos, en los que aterricé, he intentado, y creo que logrado en la mayoría de los casos, saber en cada momento donde estaba mi asiento, mi sitio. No podemos andar como veo a muchos, como pollos sin cabeza, desquiciados por un asiento que no les corresponde ocupar o dar. La experiencia me dice que sólo tengo que sentarme, precisamente en mi sitio, para verlos desfilar en el teatro de Sevilla que es la ciudad donde nací y vivo y a la que amo en sus virtudes y en sus defectos. Sevilla es experta en derribar a los falsos dioses de sus pedestales. El hecho que me da pie a centrarme en esta reflexión general viene de mi asistencia a un acto de moda organizado hace unas semanas en la que estaba al mando del sitting la falta de rigor o la osadía, en dosis importantes. La pésima gestión del sitting estropeó el trabajazo de unos grandes diseñadores que estaban de celebración por una carrera meritoria. A los que admiro y respeto profundamente, por otro lado. El desfile fue una locura. Espectacular. Pero no escribo para repartir azúcar. Escribo para invitar a la reflexión desde mi libertad, con responsabilidad y experiencia en la materia, obviando falsas modestias. La falsa modestia es una modalidad de hipocresía y yo intento evitarla en la medida de lo posible. En una primera fila, rostros conocidos que estaban para lo que fueron convocados. Para darle acertada notoriedad a los creadores de moda que se vitoreaba y reconocía. En la otra primera fila, los responsables decidieron, por encima de patrocinadores, sentar, con obvia falta de criterio y profesionalidad, a señores y señoras que no debían ocupar un sitio preferente en esa ocasión por la irrelevancia de éstos con el acto, en cuanto al papel dentro de la organización o por ser autoridad, que siempre se comprende hasta cierto punto y relevancia en el ámbito que se convoca. El problema es que quienes confían en estos perfiles de responsables de cuestionable profesionalidad no ven el peligro de darle a un indio flechas para una función de trabajo fino y de salón, que remata un trabajo de campo previo de un mérito bárbaro: saber sentar. El último eslabón de una organización de un acto no puede estropear todo lo anterior. Ni es justo, ni se debe permitir. Cuesta mucho organizar algo para ponerlo en riesgo en el párrafo final. Confiar de esa manera conlleva el mismo peligro que supone poner a un mono suelto con metralleta. Se obvia a veces, como en este caso, lo importante que es saber sentar. Un trabajo que se prepara y no improvisa. Hoy me puede tocar décima fila y mañana por otro rol o faceta que represento voy en el primer banco. Saber en qué banco vamos cada día de la vida cada uno es fundamental y, si hablamos de actos, al cargo de algo tan delicado hay que poner a profesionales reales. Aquel día yo iba representando al segundo patrocinador, lamentablemente, del acto, tras el Ayuntamiento de la ciudad. Claro, para saber eso hay que saber quién es quién en cada momento. No hay que dar nada por hecho. Hay que interesarse por quiénes son estructurales en cada circunstancia, dudar, preguntar sin complejos, y hacer las cosas trabajadas y contrastadas. Los que van de relleno, que siempre los hay, también tienen su función. Todos no pueden ser en un acto primeros espadas. Dedicándome a lo que me dedico desde hace casi veinte años y conociendo cómo se las gasta nuestra madre, a veces madrastra, Sevilla debería andarse con más cautela, sabiendo el suelo que se pisa y en cada momento el juego de sillas, egos y roles que se debe gestionar con precisión suiza. Todos cometemos fallos, pero cuando se falla por sistema en algunos casos, no es despiste humano, es osadía y falta de profesionalidad-rigor-respeto con los anfitriones y patrocinadores-colaboradores del mismo. En eso, las personas responsables de encargar y contratar colaboradores externos deben andarse con especial esmero a la hora de elegir en quienes confiar, si queremos aspirar a la excelencia. Todo lo demás se antoja mediocre y Sevilla merece sólo lo excelente. En el momento y tras el acto central aquel día me retiré por donde vine sin manifestar mi descontento. Obvio que estaba obligado a dar cuenta de ello a mis superiores en este caso para que, al menos, la empresa a la que yo representaba en ese momento evite para futuro desviar un gasto que dejó de ser inversión, desde el mismo instante que desconocían los responsables el papel de nuestra marca en aquella mañana de frío invierno. Esta anécdota me gustaría que se tomase como reflexión. En la vida, debemos saber donde está nuestro sitio en cada momento y por donde pisamos, sin pisar a nadie. El mes que viene seré menos ácido para ser más cómodo. El valor de decir la verdad no es elegante en sociedad y quiero seguir por muchos años perteneciendo al rebaño. 

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