“Hablamos de más, nos escuchamos de menos y, por supuesto, no nos leemos”.
A menudo lanzamos incesantes invitaciones y mensajes desde distintos frentes, con múltiples objetivos, tanto en entornos profesionales como personales —especialmente en nuestros grupos de WhatsApp—. Y, desde hace tiempo, llego a una conclusión cada vez más evidente: no prestamos atención. No leemos.
Vivimos en un mundo de consumo rápido, casi como la comida rápida: sin tiempo y, en muchos casos, sin interés. En plena era de la comunicación, estamos más incomunicados que nunca.
Basta con enviar una invitación que responda a las cinco preguntas básicas —quién, qué, dónde, cómo y por qué— para comprobarlo. El destinatario, nada más recibirla, responde: “Estoy hasta arriba”. Da igual que sea funcionario de correos, zapatero, CEO de una multinacional o dependiente de una papelería de barrio: todo el mundo está “hasta arriba”.
Acto seguido, llegan las preguntas sobre datos que ya aparecen claramente en la invitación. Un documento diseñado, precisamente, para informar y aclarar. Si uno quiere ser — aunque no sea aconsejable— ligeramente irónico, podría responder: “Viene en la invitación”.
Lejos de una disculpa, suele aparecer otra frase que delata cierto desprecio por el tiempo ajeno: “Ya, pero voy a full”.
Ir conduciendo o estar desbordado —sea cual sea el puesto que se desempeñe— se ha convertido en la excusa universal. Y, una vez resueltas las dudas que ya estaban respondidas, hay quien da un paso más preguntando quién ha confirmado asistencia. Como si el valor no residiera en la invitación en sí ni en quien la envía.
También están quienes no pueden asistir y, en lugar de un simple agradecimiento, despliegan un relato detallado de su agenda, sus circunstancias o su momento vital. Información innecesaria en ese intercambio.
Hablamos de más, nos escuchamos de menos y, por supuesto, no nos leemos.
A todo ello se suma el formato audio, cada vez más habitual. Un recurso de quienes ni siquiera se detienen a redactar dos frases de agradecimiento o excusa. Hay auténticos entusiastas del audio: enviarles una invitación implica recibir cinco mensajes dignos de un podcast.
Y si uno, con educación, pide evitar los audios, la respuesta vuelve a ser la misma: “Es que voy conduciendo” o “voy por la calle”. Como si alguien hubiera exigido una respuesta inmediata.
Esta realidad no es exclusiva de quienes nos dedicamos a las relaciones públicas o a la organización de eventos. Es el día a día en todos los ámbitos.
Por eso, en esta edición de abril, me nace una reflexión: revisar nuestros hábitos en las relaciones personales. El uso del audio, las preguntas impropias, la falta de atención… en definitiva, el poco respeto al tiempo ajeno. Se habla mucho de empatía en estos tiempos crispados, pero la empatía debe ejercerse en todas las direcciones.
Otra práctica común es el abuso de la queja en nuestro repertorio conversacional. Unido al “voy a full”, están quienes parecen salir a la calle para lamentarse en la plaza pública.
Uno pregunta “¿cómo estás?” y, en cuestión de segundos, se ve ejerciendo de terapeuta, coach o psicólogo.
En esto, los ingleses son ejemplares: How are you? Fine, thank you. ¿Cómo estás? Bien, gracias. Y se acabó el desgaste energético.
Hay personas que drenan. Uno lo nota: la energía baja, la atención se dispersa y empieza a mirar alrededor buscando una salida elegante.
Deberíamos salir de casa ya llorados y quejados.
Para eso, mi amigo Rafa Loreto es un ejemplo.
—Rafa, ¿cómo estás?
—Para comerme.
Y listo. Sin necesidad de enumerar problemas, facturas, impuestos o revisiones médicas.
Son personas vitamina.
Si esta carta consigue que, al menos, un lector de Escaparate revise sus hábitos, me daré por satisfecho.
Feliz abril. Nos vemos a la vuelta de la esquina.
Y, sobre todo, cuídense.


















