
Cuántas veces se habrá escuchado aquello de “lo barato sale caro”. Sin embargo creo que en muy pocas ocasiones, al escuchar esto, habremos pensado en cómo de caro es el precio de lo barato.
Cerramos un maravilloso mes de abril, y abrimos mayo, dejando atrás una feria más, una nueva feria que la vida nos ha brindado para reencontrarnos con nuestra cultura, nuestras tradiciones y el significado de ser sevillano. Sin embargo, también ha sido una oportunidad más para observar cómo hay factores como la globalización o el turismo desmedido que solo hacen añadir acepciones a ese significado y que solo desvirtúan el fondo de la cuestión.
Poniendo pies en tierra, solo hay que fijarse en algo tan significativo como el traje de gitana y la moda flamenca. Revisando la hemeroteca se puede observar cómo, con el paso de los años, se ha ido, en cierta manera, perdiendo la esencia de las cosas. Lo que antes era un arte puro y duro, una de las más puras artesanías, ahora es un cúmulo de “likes” y un formato de producción en serie.
Un traje de flamenca no es una herramienta para generar contenido ni para darse publicidad ni para limitarse y someterse a un post de instagram. Un traje de flamenca es una tradición, es la historia de tantas madres y abuelas, es un acto cultural, es un sentir propio. Convertirlo en lo contrario solo lo devalúa, lo mata poco a poco, lo abarata hasta reducirlo a la insignificancia, le quita el valor que realmente tiene.
Hablaba Ortega de la “deshumanización del arte”, sí, deshumanícenlo, sáquenlo de los cánones del mundo, ríndanle culto y sean capaz de ver en cada traje, cada volante, en cada costura, toda una cultura, ¡toda una vida! La vida de tantas personas que se han rendido a la moda flamenca para dedicarle su tiempo, su esfuerzo, en ocasiones, sus lágrimas y, en definitiva, para darse por entero.
Vestirse de gitana no es ponerse cualquier traje con volantes y pisar el Real de la Feria, va mucho más allá de todo eso, es ahondar en nuestra raíces, es valorar un producto que nace aquí y que aquí debe seguir viviendo, es apreciar, como se aprecia cualquier joya nacida de las manos del orfebre, una obra de arte, un patrimonio, que ha de ser mantenido, cuidado, valorado, y ofrecido al mundo tal y como es, sin más, pero tampoco con menos. Decía Rilke “solo el amor puede captar y retener las obras de arte, y solo él puede tener razón frente a ellas”. No es un traje, es una cultura, unas raíces, un trabajo, unas manos, una vida.
En palabras de Espe Molina, a quien le brindo estas letras: “cuando una cultura deja de ser valorada, de significar lo que significa, no desaparece de la noche a la mañana. Se va desvaneciendo, hasta que un día ya no está”
Por favor y gracias.
TEXTO: ENRIQUE GALÁN FOTOGRAFÍA: ESPE MOLINA @ESPERANZAMR_



















