Escritora: “No se puede politizar la historia”
En un tiempo dominado por la inmediatez, donde el presente parece imponerse sobre cualquier otra mirada, Cristina Barreiro reivindica el valor del pasado como herramienta de comprensión. Catedrática de Historia, directora del Departamento de Humanidades y profesora en la Universidad CEU San Pablo, su vocación se articula entre la investigación, la docencia y la divulgación.
En sus palabras conviven el rigor académico y la voluntad de acercar la historia al gran público, con una atención especial a aquellas figuras —como las mujeres de la monarquía— que durante siglos quedaron en un segundo plano del relato oficial.

¿Cómo entiende usted la responsabilidad de un historiador en una sociedad que a veces parece vivir de espaldas a su propio pasado?
Hay que contar la verdad. No se puede instrumentalizar el pasado en función de intereses concretos en cada momento. Hay temas que parece que son espinosos y siempre generan controversia, la memoria democrática, la “leyenda negra” o “leyenda rosa”… No se puede politizar la historia: el historiador es un académico que bucea en archivos, se documenta, tiene un método. Trabaja con datos, con cifras, con testimonios. No podemos fallarnos a nosotros mismos. Es verdad que cada periodo de nuestro pasado tiene un contexto y unas circunstancias, y que con la mirada del presente no podemos pretender entender cómo se vivía en otras décadas y lugares, pero eso también forma parte de nuestra identidad.
Sus libros han puesto el foco en las mujeres de la monarquía. ¿Qué le revelan estas figuras sobre la construcción de Europa y España en los siglos XIX y XX?
Son secundarias de primera. Con papel principal en la vida palaciega y cortesana, pero no solo; influyeron en la política y fueron magníficas mujeres de Estado en algunos casos. Pensemos en María Cristina de Habsburgo. Otras animaron iniciativas culturales y de beneficencia, y resultaron pioneras en muchas cosas, en la asistencia sanitaria, por ejemplo. Son mujeres que están en la élite social, tienen posibilidad de viajar, de manejarse en diferentes idiomas y el acceso a otras culturas abre mucho la mente. Son cuestiones que se perciben fenomenal en la correspondencia que intercambian unas con otras, con sus familiares y amistades. No olvidemos que la historia la hacen las personas y ellas son humanas, con sus fortalezas y debilidades. ¡Hasta se ha dicho que sin María Antonieta no se hubiese producido la Revolución Francesa! Es exagerado, claro que sí, pero no deja de existir ese componente de influencia positiva o negativa en la sociedad. Ocurrió con la última zarina rusa, ¿o es que el ser alemana no despertó cierta animadversión en la sociedad? Claro que sí, ¿y qué decir de su cercanía a Rasputín en un contexto de guerra, muchas violencias y bolchevismo? Eugenia de Montijo, en los años que ocupó la regencia ante el expansionismo de Napoleón III, marcó una influencia “victoriana” en todos los condicionantes de la vida política parlamentaria y hasta del ocio. ¡Hay tantos ejemplos! Pero se las ha relegado injustamente en el relato histórico tradicional y ahora, a veces, se las reivindica por una mera cuestión de género o “cuota”, y eso tampoco puede ser.

¿Qué destaca de ese poder que muchas de estas mujeres ejercieron?
No fue solo silencioso. Pensemos en Catalina la Grande, que ni se llamaba Catalina ni era una Romanov y terminó ejerciendo su poder y autoridad, hasta eliminó al zar, su marido. Era una ilustrada que facilitó la inmigración de profesionales cualificados a Rusia y dejó el Imperio a las puertas de una modernización que no pudo llegar a completar, incluso mejoró la dieta campesina. También influían de otra manera, no tanto en la política —pues a partir de la consolidación de las monarquías liberales y luego parlamentarias su papel ahí es menor—, pero sí en aspectos religiosos, de caridad y, por supuesto, en la moda. El primer maestro de la alta costura, Worth, las vestía a todas, desde Paulina de Metternich a Isabel de Baviera. Y ¿acaso no tuvo algo que ver Sissi con el reconocimiento de Hungría en la “monarquía dual” de los Habsburgo? Sin hacer mitos de los personajes o exagerar su papel, debemos devolverlas al lugar que les corresponde en la historia.
De todas las figuras históricas que ha investigado y escrito, ¿cuál le llama más la atención y por qué?
Me gusta mucho María de Rumanía, Missy. Era una de las cinco nietas de la reina Victoria a la que consiguió colocar en un trono europeo, pero tenía una personalidad arrolladora, era muy artista y escénica también. Se implicó en la sociedad y en la política en los años de la Gran Guerra y se presentó en París con sus magníficas joyas y túnicas para reivindicar la Gran Rumanía. ¿No estaba su país entre los ganadores? Exigió parte de los territorios de Transilvania que les pertenecían. Además, escribió sus diarios, que son fabulosos. He estado recientemente en Bucarest y pude consultar los originales, todo un lujo. Su madre también es un personaje extraordinario, María Alexandrovna, nacida como gran duquesa rusa, hija del “libertador de los siervos”, que se casó con el Duque de LASDEISABEL IIHIJASCRISTINA BARREIROISABEL, PILAR, PAZ Y EULALIA, cuatro infantas al servicio de EspañaEscaparate | 20
Edimburgo para terminar como soberana consorte de Sajonia- Coburgo. Murió justo después de la derrota alemana, cuando ya había perdido todos sus privilegios sociales y económicos, un día después de que se dirigiesen a ella sencillamente como frau, algo que no pudo soportar.

¿Qué figura femenina de la monarquía cree usted que aún no ha recibido el reconocimiento que merece?
María Cristina de Habsburgo merece que la reivindiquemos. Como he dicho, fue una magnífica mujer de Estado. Hay buenas biografías sobre ella, pero quizá España todavía no le ha hecho justicia.
Hábleme de la relación de la Casa de Borbón con Sevilla.
Hay muchísimos vínculos en los siglos XIX y XX. Era una ciudad muy estratégica en lo político. Fernando VII la visitó muchas veces, incluso en los días de los “Cien Mil Hijos de San Luis”. Isabel II estuvo en Sevilla en una corrida homenaje a Curro Cúchares, en La Maestranza, y vivió en los Reales Alcázares entre octubre de 1876 y septiembre de 1877, tras el regreso del exilio que había supuesto la Gloriosa. Iba al hipódromo de Tablada, al tiro de pichón, y alquiló una dehesa para jornadas de caza y fiestas campestres en La Rinconada, junto a sus hijas Paz, Pilar y Eulalia. Paseaban mucho por el Jardín de las Damas y estaba en Sevilla durante las terribles inundaciones de enero, implicándose en la ayuda social. También residía aquí su hermana, la infanta Luisa Fernanda, en el Palacio de San Telmo, donde organizaba veladas literarias con Cecilia Böhl de Faber. El vínculo entre los Montpensier y Sevilla fue enorme y contribuyó a configurar la vida social de la ciudad. Y qué decir del infante Carlos de Borbón-Dos Sicilias, abuelo de don Juan Carlos, Capitán General de la Región Militar, fallecido en Sevilla en 1949. Alfonso XIII y Victoria Eugenia inauguraron aquí la Exposición de 1929, y la relación con la Semana Santa, las cofradías y el mecenazgo cultural fue también muy relevante.
En un momento en el que lo inmediato domina, ¿cómo se construye un relato histórico que conserve profundidad sin renunciar a la atención del lector contemporáneo?
Quienes hacemos historia tenemos que aprender a divulgar. Acercarnos a un lector generalista. No podemos quedarnos en un lenguaje técnico en el que hablemos solo entre nosotros. Hay que salir de la academia. Se puede contar la historia de manera rigurosa, pero haciéndola atractiva para todos los públicos. Creo que ese es el gran reto que tenemos hoy en día: la alta divulgación histórica. En el mundo anglosajón eso funciona muy bien, pero en España nos cuesta más. Hay que aprovechar la novela histórica, los documentales, las producciones audiovisuales. Desde el Instituto CEU de Estudios Históricos hacemos un esfuerzo enorme por hacer llegar a la sociedad el resultado de nuestras investigaciones académicas en diferentes formatos. Claro que no es lo mismo, pero dejemos de ser tan puristas y apostemos por conseguir la atención en nuestro pasado. El oficio es muy solitario, pasas muchas horas en archivos, buceando entre papeles o periódicos, y no sabes qué vas a encontrar, y robas mucho tiempo a tus hijos y familia.
¿Cree usted que la monarquía sigue siendo, también hoy, un eje imprescindible para comprender la identidad europea?
Sí lo creo. Hoy se mantienen más de diez monarquías en Europa que, sin renunciar a su pasado, historia y tradición, han sido capaces de seguir al frente de países democráticos aportando estabilidad. No son solo los lazos de sangre o la diplomacia dinástica, sino que la monarquía une, respeta la diversidad y es el vínculo en una historia común. Y en el caso español no solo mira a la península, sino también a América. Así debe ser, y Sevilla ocupa ahí un lugar muy relevante, con el Archivo de Indias o la Universidad.

En su investigación sobre la prensa en la Segunda República, ha señalado episodios de censura. ¿Qué lecciones deberían extraerse de aquel periodo en relación con la libertad de información?
La libertad de expresión en la Segunda República es uno de tantos tópicos que existen sobre esta etapa de nuestra historia. No fue tal. Es mentira. Estaba formalmente reconocida en la Constitución de 1931, pero no se cumplía porque existía una legislación que impedía el ejercicio de estas libertades y derechos: la Ley de Defensa de la República y la Ley de Orden Pública. Fue un periodo de muchas radicalizaciones, violencias y polarización, una democracia fallida en la que continuamente había que recurrir a los estados de alarma o incluso de guerra. No hay más que ir a una hemeroteca para comprobarlo. En Sevilla hubo grandes diarios en esos años, como La Unión, afín al carlismo, que sufrió numerosas restricciones, y aquí estaba Manuel Fal Conde, principal organizador del carlismo en aquellos años.
¿Hasta qué punto considera usted que el desconocimiento histórico condiciona el debate público actual?
Ortega decía que “el que no sepa que no hable”. Tampoco hay que exagerar porque todos podemos opinar, pero no se puede imponer una razón falsa sin conocimiento, y eso está a la orden del día. En los debates domésticos y coloquiales, pero también en la “alta” política, que hace tiempo que ha dejado de ser alta. ¿Dónde están los grandes oradores de las Cortes del primer tercio del siglo XX? Podemos simpatizar más o menos con su discurso, pero había cultura, conocimiento y sabían lo que era España. Una vez escuché que cuando un historiador entra en política, las cosas empiezan a ir un poco mejor. Lo decían por Cánovas y puede tener algo de razón.
Sus libros combinan documentación rigurosa con una narrativa accesible. ¿Dónde sitúa usted el equilibrio entre el rigor académico y la seducción literaria?
Creo que en el lenguaje y en bajarse del pedestal. No eres mejor historiador ni más intelectual si te diriges solo a tu ombligo. Comienza siendo un ejercicio de humildad, porque en el mundo universitario hay cierta soberbia intelectual, pero termina siendo tremendamente reconfortante. A tus lectores les gusta lo que escribes, tus alumnos te escuchan y atienden, y por unas horas o minutos desconectan de Instagram y TikTok. Esa sensación es muy agradable.
Después de tantos años entre archivos y aulas, ¿qué le sigue emocionando del oficio de historiar y contar el pasado?
¡No me ponga lo de tantos años, que me hace muy mayor! Pero hay que aceptar y agradecer la realidad. Llevo veinticinco años ejerciendo la docencia en la Universidad CEU San Pablo, media vida ya, y es cierto que todavía entras en el aula como los actores en una función en directo o como los toreros, dispuesto a darlo todo, a no defraudar a quienes quieren aprender contigo y disfrutar de nuestro pasado para entender mejor quiénes somos hoy en día.

















