10 Ago, 2026 | cartas del director

“Las victorias auténticas no se improvisan. Se construyen día tras día con disciplina, paciencia y generosidad” 

engrandecen el alma de un país. Las primeras las cuentan las estadísticas; las segundas permanecen para siempre en la memoria colectiva porque hablan de algo mucho más profundo que el resultado de un partido. Hablan de educación, de respeto, de compañerismo y de esa manera de entender la vida que convierte el éxito en una lección de humildad. 

España vuelve a ser campeona del mundo. Y, más allá de la inmensa alegría que supone contemplar nuestra bandera ondeando en lo más alto del fútbol internacional, me quedo con aquello que no aparece en los marcadores. Me quedo con la serenidad de un equipo que ha entendido que el verdadero triunfo no consiste únicamente en levantar una copa, sino en honrar el camino recorrido hasta ella. 

En un tiempo en el que tantas veces se confunde la fuerza con la soberbia y el éxito con la arrogancia, nuestra selección ha recordado que todavía existen valores capaces de emocionar. Tesón. Perseverancia. Trabajo silencioso. Sacrificio compartido. Pasión por unos colores que representan a millones de españoles. Virtudes que no nacen en un estadio, sino mucho antes, en los entrenamientos invisibles, en los momentos difíciles y en la confianza depositada unos en otros. 

Frente a esa manera ejemplar de entender el deporte, la actuación de la selección argentina dejó una imagen difícil de reconciliar con los valores que deberían presidir una final de un Campeonato del Mundo. No solo terminó perdiendo el partido; perdió también las formas desde el mismo pitido inicial. Resultó llamativo comprobar cómo, incapaz de imponer su juego y con una posesión del balón claramente insuficiente para dominar la final, fue sustituyendo el fútbol por una sucesión de acciones impropias de un campeón. Entradas desmedidas, interrupciones constantes, provocaciones y un planteamiento excesivamente beligerante parecían buscar más la desestabilización del rival que el camino hacia la portería contraria. Cuando el talento no encuentra respuesta, jamás puede justificarse acudir a las malas artes. El deporte exige intensidad, pero también nobleza. Y precisamente en una final del mundo es donde más obligado está un futbolista a demostrar que sabe competir sin renunciar al respeto. 

Confieso que hay una imagen que permanece grabada en mi memoria por encima incluso del instante en que el trofeo se alzó hacia el cielo. Nuestro portero, deteniéndose uno por uno para despedirse de los jugadores del equipo rival con un abrazo, un apretón de manos o una mirada de respeto. Sin aspavientos. Sin gestos teatrales. Simplemente como un caballero. Frente a ello, algunos integrantes del conjunto argentino decidieron dar la espalda durante la ceremonia de entrega de medallas, culminando así una actitud que ya había acompañado al partido desde sus primeros compases. Aquella escena terminó de explicar quién había ganado realmente. Porque, a veces, es mucho más difícil saber perder que aprender a vencer. 

“EL FÚTBOL POSEE ESA CAPACIDAD EXTRAORDINARIA DE DESPERTAR UN ORGULLO NACIONAL LIMPIO, GENEROSO Y COMPARTIDO”

El fútbol posee esa capacidad extraordinaria de despertar un orgullo nacional limpio, generoso y compartido. Durante unas horas desaparecen las diferencias y millones de personas laten bajo una misma bandera. Es un sentimiento noble cuando nace del respeto, cuando no pretende humillar a nadie y cuando entiende que amar a tu país no exige despreciar al de enfrente. Ese orgullo bien entendido fue el que transmitieron nuestros jugadores dentro y fuera del terreno de juego. Ganaron como juegan los grandes: con talento, con humildad y con el profundo respeto que merece quien comparte contigo el mismo escenario deportivo. 

Mientras escribo estas líneas, no puedo evitar mirar atrás. Agosto siempre ha tenido un significado especial para Revista Escaparate. Hace veinte veranos comenzábamos a caminar junto a nuestros lectores. Veinte veranos acompañando las históricas Carreras de Caballos de Sanlúcar, narrando la vida social, cultural y empresarial de Sevilla con la misma ilusión del primer número. Y este mes, precisamente cuando nos asomamos al umbral de nuestro vigésimo aniversario, llega a sus manos nuestra edición número 234. 

No deja de emocionarme comprobar que, salvando las enormes distancias que separan el deporte del periodismo, los principios que sostienen a una selección campeona son los mismos que han sostenido la historia de esta revista. Ningún proyecto permanece dos décadas por casualidad. Detrás de cada portada, de cada entrevista, de cada reportaje y de cada evento organizado durante estos veinte años hay personas que han trabajado creyendo en un mismo objetivo. Personas que entendieron que el éxito nunca pertenece únicamente a quien firma una página, sino a todos los que la hacen posible. 

Tesón. Perseverancia. Trabajo en equipo. Pasión por unos colores. Son exactamente los mismos valores que han guiado a cuantos han formado parte de la familia de Escaparate desde aquel lejano primer número hasta esta edición que hoy sostiene entre sus manos. Como nuestra selección, hemos aprendido que los grandes logros no llegan por inspiración, sino por constancia; no por individualidades, sino por la fuerza de un equipo que comparte un sueño común. 

Como en cualquier proyecto humano, también nosotros hemos celebrado triunfos y hemos atravesado momentos difíciles. Hemos aprendido de los errores y hemos disfrutado de los aciertos. Pero jamás hemos perdido la ilusión por seguir contando Sevilla con respeto, independencia y cariño, convencidos de que nuestra ciudad merece ser narrada desde la admiración y el compromiso. 

Quizá esa sea la gran lección que nos deja este verano inolvidable. Las victorias auténticas no se improvisan. Se construyen día tras día con disciplina, paciencia y generosidad. Y, sobre todo, con la elegancia de comprender que la verdadera grandeza de un vencedor no se mide únicamente por el trofeo que levanta, sino por la dignidad con la que trata a quien tiene enfrente. 

En las puertas de un nuevo curso y del ilusionante vigésimo aniversario de Revista Escaparate, deseo que estas semanas finales del verano nos sirvan para recuperar fuerzas, disfrutar de nuestras familias y regresar con energías renovadas para seguir escribiendo juntos nuevas páginas de esta historia compartida. 

Porque, al final, la vida —como el deporte— siempre termina recordando a quienes supieron ganar sin humillar y a quienes hicieron del respeto su mayor victoria. 

“EL VERDADERO TRIUNFO NO CONSISTE ÚNICAMENTE EN LEVANTAR UNA COPA, SINO EN HONRAR EL CAMINO RECORRIDO HASTA ELLA”

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