15 Abr, 2025 | Blog

Huele a incienso en la ciudad. Sevilla se mece en un vaivén acompasado cada Semana Santa. Un hogar lleno de tradiciones arraigadas, de emociones que se desbordan en una cera que se derrite, de calles que se convierten en templos efímeros cuando la cita más especial se adueña del calendario. Es un espectáculo que no solo se mira, sino que se siente en cada latido de tambores y en cada chicotá que eleva a los cielos un paso que camina con alma propia.


Detrás de esta sinfonía de fe y arte hay figuras clave, maestros del equilibrio y la emoción, hombres cuya voz resuena como un eco de siglos: los capataces. Son ellos los guardianes del martillo, los que dirigen con precisión milimétrica a las cuadrillas de costaleros, los que convierten el peso del madero en un canto de esfuerzo y devoción.

Hablar de estos capataces es adentrarse en la esencia misma de la Semana Santa sevillana. Su labor, a menudo desconocida por los profanos, es la que da sentido a la danza de los pasos sobre el adoquinado hispalense. Cada orden, cada toque de llamador, cada indicación es una nota en la partitura sagrada que transforma el caos en armonía. No es solo cuestión de fuerza o técnica; es un arte que se hereda, que se aprende en los rincones de las casas hermandades, en las noches de ensayo y en las madrugadas donde el peso del costal se vuelve un pacto silencioso con la historia.

Los nombres de Antonio Santiago, Manolo Villanueva, Rafael Ariza, Rafael Díaz Talaverón ‘Fali Palacios’ e Ismael Vargas resuenan con respeto y admiración en la Sevilla cofrade. Son referentes, cada uno con su propio estilo, su legado particular y su impronta en la historia de la Semana Santa. Algunos pertenecen a sagas familiares que llevan décadas escribiendo su nombre en las páginas doradas de la Semana Santa, otros han labrado su camino con esfuerzo, pero todos comparten una misma pasión: el honor y la responsabilidad de guiar los pasos en la tierra que los vio nacer.

A través de este reportaje, rendimos homenaje a estos capataces que dejan huella. Porque la Sevilla de la Semana Santa no se entendería sin sus voces firmes, sin sus llamadas al costalero, sin el sonido metálico del martillo que despierta a este hogar de primavera cuando la madrugada aún es joven. Son los arquitectos invisibles de una devoción que camina, los que, con su maestría, convierten el esfuerzo en arte y el sacrificio en gloria.

ANTONIO SANTIAGO: La médica devoción del capataz

Si hay un nombre que resuena en la historia reciente del capataz sevillano, es el de Antonio Santiago Muñoz. Doctor en Medicina y Cirugía, su vocación por la salud convive con su entrega al martillo. Dirige pasos en algunas de las hermandades más emblemáticas de la ciudad, como los Estudiantes, el Cristo de Burgos o la Resurrección. Su visión del costalero ideal es clara: aquel que, más allá de la fortaleza física, siente devoción por la imagen que carga sobre sus hombros. Con su estilo sobrio, elegante y estudiado, Antonio Santiago representa la simbiosis entre la tradición y la modernidad.

MANOLO VILLANUEVA: El clásico inmortal

Hablar de Manolo Villanueva es hablar de una dinastía. Su arte, heredado y perfeccionado, ha marcado el estilo de hermandades tan señeras como la del Gran Poder o la de San Bernardo. Su maestría quedó patente en la procesión Magna del pasado 2024, donde el Nazareno de San Lorenzo recorrió las calles hispalenses con la majestuosidad de siempre. Ahora, su hijo Antonio toma el testigo, asegurando que la estirpe Villanueva seguirá marcando el paso en Sevilla.

RAFAEL ARIZA: Un apellido eterno

Hablar de Rafael Ariza es mencionar una de las estirpes más longevas del capataz sevillano. Fundada por Rafael Ariza Aguirre, «Ariza el viejo», esta familia ha marcado el rumbo de innumerables hermandades a lo largo de los años. Rafael Ariza Sánchez y su hermano José Ariza mantuvieron la tradición, transmitiéndola con rigor y pasión a las nuevas generaciones. La ciudad reconoció su legado con galardones como el Nazareno de Plata y el Premio Demófilo. En 2010, Rafael Ariza falleció, dejando un hueco imborrable en la memoria cofrade. Sin embargo, sus hijos continúan su senda, asegurando que el sello Ariza permanezca indeleble en el tiempo.

ISMAEL VARGAS: El maestro sin linaje

Sin pertenecer a un linaje familiar de capataces, Ismael Vargas ha labrado su propio nombre en la historia. Con más de cuarenta años de trayectoria, ha sido el alma de hermandades como La Lanzada, La Exaltación o el Cachorro. En 2015, con motivo del 40º aniversario de la cuadrilla de hermanos costaleros del Cachorro, se le rindió un emotivo homenaje que quedó plasmado en el documental «Ismael Vargas. 40 Golpes de Llamador». Su estilo se distingue por la sobriedad y el respeto a la tradición, manteniendo el martillo como una extensión de su carácter tranquilo y firme. Es, sin duda, el decano de los capataces en activo de la ciudad.

RAFAEL DÍAZ TALAVERÓN «FALI PALACIOS»: La herencia del martillo

Hijo del recordado capataz Rafael Díaz Palacios, «Fali Palacios» ha sabido honrar su apellido con un estilo propio. Al frente de pasos como el de la Sagrada Cena o el de la Caridad en su Soledad del Baratillo, su técnica y pasión han conquistado a Sevilla. Su nombramiento como capataz de la cuadrilla de costaleros de María Santísima del Amor en la Hermandad de Pino Montano reafirma su peso en la dirección de cuadrillas.

Cada primavera, cuando los pasos inundan las calles y Sevilla se vuelve más Sevilla que nunca, su labor cobra vida. Y es que el arte de mandar un paso no es solo una técnica, es una filosofía, un legado de generaciones y, sobre todo, un acto de amor a la ciudad y a su fe. Los hombres del martillo no solo dirigen costaleros, sino que guían el alma de Sevilla.

Texto: Carlota Acuña
Fotos: Archivo

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