Diseñadora de joyas: “En cada colección hay una fuente de inspiración distinta y, a la vez, común: el arte”
Su historia se ha escrito a través de una permanente búsqueda de belleza, conocimiento y libertad creativa. Rocío Porres Domecq ha recorrido galerías, museos y talleres de medio mundo; ha vivido en ciudades que ampliaron su mirada y ha sabido transformar cada experiencia en una fuente de inspiración para una obra profundamente personal. Su universo creativo bebe del arte, de la arqueología, de los viajes y de una curiosidad inagotable que la ha acompañado siempre. Veinticinco años después de fundar su firma, Rocío Porres, sigue creando con la misma pasión que al principio y entiende que una joya puede ser mucho más que un objeto: una emoción, un recuerdo o una forma de contar quiénes somos.
Hablar con Rocío es adentrarse en la vida de una mujer fascinante, capaz de encontrar belleza en una piedra olvidada, en una pieza arqueológica o en un recuerdo de infancia. Rocío ha construido una marca que desafía la fugacidad de las tendencias para reivindicar el valor de lo auténtico. En esta entrevista repasa una trayectoria marcada por la intuición, el esfuerzo y la reinvención constante, al tiempo que nos descubre los sueños que aún la impulsan y la mirada con la que sigue contemplando el mundo. Una conversación con una creadora irrepetible cuya mejor obra, quizá, sigue siendo ella misma.

Está celebrando 25 años de la creación de su marca, ¿cómo lo está viviendo?
Me encuentro muy emocionada porque, después de tantos altibajos y de todas las crisis que he pasado, estoy feliz de haber llegado. Sobre todo, me hace ilusión haber llegado siempre con ideas y cosas nuevas, como esta colección que tenemos ahora por los 25 años, que es totalmente distinta y en participación con mi íntimo amigo Javier Solís.
¿Cómo resumiría este cuarto de siglo?
Ha habido de todo, pero siempre ha sido bonito porque me encanta lo que hago; cuando trabajas en lo que te gusta, es fácil. Empecé trabajando con piedras, luego pasé al oro, y con las distintas crisis me fui adaptando a la plata o al bronce. Ahora estoy volviendo a las piedras porque se han puesto súper de moda otra vez.
Habla de moda, ¿cómo conviven sus diseños artesanales con la rapidez actual?
Yo siempre digo que mis joyas son un fondo de armario. Cuando te compras uno de mis collares no es para una temporada, sino que lo puedes tener siempre y ponértelo mil veces. Nunca voy con las modas ni copio nada; si voy a una feria es para comprar materia prima, no para mirar diseños, porque yo voy un poco a mi aire.

Antes de las joyas estuvo vinculada al mundo del arte, ¿cómo influye eso en lo que hace hoy?
Es como cuando estudias y luego ejerces esa profesión. Todo ese bagaje de años viendo museos y colecciones privadas lo tengo en la cabeza y ve la luz cuando diseño. Me encanta cuando me dicen que mis joyas se parecen a las obras de Dalí.
¿Cómo fue ese punto de inflexión para dejar sus otros negocios y centrarse en la joyería?
Fue casi por casualidad; yo tenía una distribuidora de vinos y viajaba mucho por el arte, pero me sugirieron vender piedras en Sevilla y luego montarlas yo misma. Gracias a un gran amigo, Juan Quirós, que siempre me empujó y me ayudó, fui dejando todo lo demás porque ya no tenía tiempo para todo y me quedé con lo que realmente me gusta.
¿En qué se inspira para crear sus colecciones?
En cada colección hay una fuente de inspiración distinta y, a la vez, común: el arte. Me apasiona la arqueología y las exposiciones de los museos. También me inspiro en recuerdos personales. La colección actual es de ranas y viene de cuando viajaba a América y veía las piezas de los museos del oro; me apasionan.
¿Cómo definiría el alma de sus joyas?
Es algo muy completo y reconocible que te hace sentir diferente. Es esa elegancia que te permite transformar un traje sencillo o, a la vez, uno llamativo en algo único; cuando las mujeres llevan mis piezas, sienten que llevan algo que no tiene todo el mundo.
Nos recibe con Flora, ¿qué papel juega ella en su día a día?
Flora es, sobre todo, mi amiga. Se incorporó en un momento en que yo me quedé sola en el taller y ahora es mi mano derecha y mi mano izquierda, lo es todo. Ella está dirigiendo el marketing y todo el proyecto perfectamente para que yo pueda manifestar quién soy a través de mis joyas.
¿De qué manera están celebrando este aniversario?
Estamos haciendo muchas promociones especiales, como la que hicimos para la Feria. Pero lo más importante es que en octubre queremos hacer una exposición retrospectiva de toda mi trayectoria en la Sala Capitular del Ayuntamiento, que es una preciosidad.
¿Qué es lo que más le divierte actualmente?
Me divierten las piedras preciosas y me encanta que me hagan encargos de anillos de oro donde no me dirijan, sino que me digan: «Haz lo que quieras». Esos encargos donde tengo libertad total son los que más me gustan.
¿Cómo es el trabajo diario en su tienda-taller?
Aquí no paramos. No es solo una tienda, nosotros fabricamos: yo diseño, hago la pieza en cera, se funde, se repasa, se hacen los moldes y finalmente va a los doradores. Siempre hay cosas que hacer.


¿Cómo es Rocío Porres cuando sale del taller?
Soy una mujer muy disfrutona, me encanta pasármelo bien y estar con mis amigos. A las dos de la tarde intento parar, salgo a la calle con mi perro Romeo y cambio el registro inmediatamente para no saturarme la cabeza.
¿Cómo ve el futuro de la marca?
La idea es potenciar mucho la página web porque así podemos llegar a todo el mundo, algo que la tienda física no permite. Seguiré hasta que pueda, aunque no me veo otros 25 años más. Ojalá alguna de mis sobrinas quiera quedarse con la marca algún día.
¿Un sueño?
Me encantaría hacer una exposición importante de mis joyas en Londres, porque viví allí muchos años y le tengo muchísimo cariño.
¿Un lugar?
Roma.
¿Una joya?
Este anillo que llevo siempre porque tiene mucha historia. Tiene un diamante que compré en una feria de arte y mi piedra preferida, entre otras piezas especiales. Lo hice y lo deshice muchísimas veces a mano hasta que quedó perfecto.

TEXTO: FERNANDO COPETE FOTOGRAFÍA: GERARDO MORILLO


















