14 Abr, 2026 | Blog

Como si de un cuento se tratara amanecía el pasado 5 de abril un nuevo Domingo de Resurrección en Sevilla. Y no de cualquier manera, sino de la mejor de las maneras. Casi hecho a propósito el Sol traía la luz viva y nueva del Resucitado que mecía, a son de pasodoble, la mañana de Pascua. Un pasodoble que se extendía desde la Virgen de la Aurora a su paso por la Campana hasta pasada la tarde que teñía de albero Sevilla. Un albero que Morante de la Puebla se encargó de templar en una tarde en la que todo iba de Resurrección: su vuelta a los ruedos, su vuelta a Sevilla, una nueva temporada y, como colofón, la resurrección de la presencia de Su Majestad Juan Carlos I en el tendido maestrante. 

Una auténtica Oda al Buen Gusto vistió de plenitud el domingo. 

Una oda que, de manera evidente, había de poner su punto y aparte de sevillanas y taurinas maneras. Maneras que, sin duda alguna, se encarga de materializar una de esas cumbres, cada vez más en peligro de extinción, de la Sevilla de bar, el oasis de la calle Canalejas, la taberna que, lindando con el Hotel de los toreros, pone siempre el punto y final a cualquier tarde taurina que se precie. Esta no es otra que el mítico Donald, uno de esos refugios que te trasladan a la Sevilla de verdad, a la auténtica, a la caña bien tirada, a una buena tertulia y a la defensa de lo auténtico. Capitaneado por Mariano, el Donald sigue manteniendo su más pura esencia sevillana, la simbiosis perfecta de lo taurino y lo cofrade, manteniendo un buen hacer que, cada vez más, corre el peligro de desaparecer.

No es de extrañar que a este saber hacer lo premiaran con el cucharón de plata a una trayectoria ejemplar. 

Decir Morante es decir Maestranza, Sevilla, y, a su vez, Donald. 

Ojalá Sevilla vea muchas más tardes como esta, ojalá Sevilla siga siendo templo del buen gusto, ojalá y el silencio del coso de la Maestranza se siga filtrando por los poros de su arena y llegue hasta bares que mantengan el pervivir de nuestro ser, la flor y nata de la manera de ser. 

Ojalá y ese momento mágico en el que el diestro de la Puebla paró el tiempo capote en mano sea homólogo al instante en que Mariano enciende un vaso con una chispa dorada de Cruzcampo.

Mariano y Maestranza, Morante y Sevilla, albero y Donald: pato a la naranja.


TEXTO: ENRIQUE GALÁN ILUSTRACIÓN: PÉREZ INDIANO

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